No creo que sean multitud los españoles dispuestos a asegurar que el año que nos separa de julio de 2027 vaya a ser como un lago de aguas transparentes y tranquilas; creo, más bien, que abundarán los que preferirían que pase cuanto antes y que ya en 2028 podamos recordarlo sin demasiada angustia tras haber superado una larga prueba con paciencia e irreprimible congoja. No faltan motivos para prever un año agitado. Recapacitemos.
Tenemos un gobierno incapaz, agotado y superado a todas luces por los acontecimientos más variados, el último de los cuales, pero no el menor, ha sido el asalto de decenas de miles de jóvenes marroquíes a la indefensa frontera ceutí. Las dificultades de todo tipo a las que tiene que enfrentarse el gobierno le superan largamente, aunque, hay que reconocerlo, tiene el cuajo suficiente para irse de vacaciones como si viviésemos en la más feliz de las Arcadias. Con Sánchez en La Mareta hay que ser muy agorero para pensar que algo vaya mal, tal ha debido ser la ocurrencia de Moncloa, además hay un eclipse a mediados de mes, así que conseguiremos superar el verano, tacita a tacita.
Sánchez tendrá que hacer magia, porque sus habilidades internacionales nos están dejando más solos que la una y como los de abajo decidan hacer otro intento algo más serio de ver qué pasa, puesto que con el último no ha pasado nada, puede que tengamos un problema muy de otro tipo distinto
El gobierno de Sánchez no puede legislar, pero consigue tener un Congreso que no le aprieta, que se pone a las órdenes del mando supremo. Aunque vivimos en teoría en una monarquía parlamentaria, el Rey está recluido a la fuerza y el parlamento calladito, que está más mono. Sánchez sobrevive gracias a un notable defecto constitucional, que habrá de corregirse en algún momento, porque impone unas condiciones draconianas a cualquier intento de convocar nuevas elecciones. La llamada censura constructiva impide que un presidente de gobierno, que es incapaz de salir a la calle por el temor fundadísimo a ser insultado, pueda ser sustituido pacíficamente porque no hay manera de moverle la silla si consigue mantener el amparo del suficiente número de diputados, al precio que sea, aunque los haya comprado en un mercado persa aprobando medidas que nunca se atrevió a presentar a sus votantes.
Este gobierno es, de lejos, el más débil que ha padecido la democracia de 1978, pero, nueva paradoja, es también el gobierno que más atrevimiento exhibe en asuntos en los que, cualquier análisis independiente, mostraría que sería mucho mejor que no interviniese, como son los nombramientos en instituciones que debieran ser por completo independientes del poder ejecutivo, la elección de cargos en los que habría que suponer una competencia técnica indiscutible o los referentes a la actividad y la dirección de las pocas empresas españolas de cierto tamaño, de lo que se suele llamar el Ibex y otras de porte similar.
Desde que es presidente, Sánchez, no cesa de colocar en puestos ejecutivos de toda clase de actividades a personajes de probada fidelidad a su causa, aunque no tengan ni la menor preparación ni la mínima experiencia en los respectivos sectores, sobre todo si esas empresas han dado muestra de debilidad financiera, porque, aun sin presupuestos, este gobierno es capaz de auxiliar a cualquiera que se ponga a sus pies. Zapatero se quejaba a Solbes de que le regatease el dinero necesario para hacer política, pero Sánchez ha tenido mucha suerte colocando desde el principio a una andaluza marchosa al frente de Hacienda y, ya puestos, a ver quién le niega utilizar los dineros de todos para comprar nuevas adhesiones porque esa es su única manera de mantenerse en la Moncloa.
Se ha apoderado de Telefónica, que se suponía ser una compañía privada y está empeñado en colocar peones y amiguetes en compañías dedicadas a fabricar armamento, con la excusa de crear un gran campeón del sector, aunque nuestro gobierno sea incapaz de formular el más mínimo análisis de las necesidades españolas en defensa, entre otras cosas porque sostiene la idea ridícula de que Marruecos, aunque pretendiese arrebatarnos las Canarias y media Andalucía, seguiría siendo un país amigo, leal y colaborador donde los haya.
Este gobierno aguanta mes tras mes rozando de manera continua los límites de la legalidad, amparando toda clase de corrupciones con la disculpa de que esas son cosas que pasan y enfrentándose a los jueces cuando tratan de defender la legalidad y procesar a los delincuentes que pululan cerca de los circuitos del poder disfrazados de periodistas de investigación o de sabios conseguidores expertos en toda clase de gestiones de naturaleza, como es lógico, indudablemente progresista. La infección de trincones es de tal gravedad que hasta están apareciendo en el luminoso pasado del faro de la alianza de civilizaciones, Zapatero el poeta y místico prodigioso, al que le han aparecido unas joyas rarísimas, a saber quién las habrá metido en su caja fuerte porque él las detesta, como es público y notorio.
Una ley que jamás desmiente la experiencia es que a perro flaco todo se le vuelven pulgas, pero nuestro gallardo Pedro Sánchez parece dispuesto a desmentir semejante temor y ultimar la legislatura soportando impertérrito que las patadas nos las den en nuestro culo. Si examinamos el balance de soportes internacionales la cosa pinta de color hormiga: Sánchez ha ido conquistando una serie de amistades inquebrantables como las de, Hamas, Hezbolá, los ayatolas, el grupo de Puebla y se ha empeñado en ser muy amigo del Sultán del sur, una amistad que, de momento habría que poner entre paréntesis, visto lo visto.
Por el lado de los desencuentros, debidos siempre al celo con el que Sánchez defiende lo que no practica, hay que anotar las ganas que le tienen a nuestro presidente personajes no muy recomendables pero con poderío, como Trump o los israelíes, que ahora son amigos para siempre del Sultán con ganas de invadirnos, pacíficamente o como fuere. Tampoco es de olvidar que por este hemisferio que nos cobija le estén poniendo cara de pocos amigos por la forma tan sui generis con la que Sánchez ejecuta las políticas de solidaridad con nuestros socios, con la OTAN y con la propia Unión Europea.
En resumen, que Sánchez tendrá que hacer magia, porque sus habilidades internacionales nos están dejando más solos que la una y como los de abajo decidan hacer otro intento algo más serio de ver qué pasa, puesto que con el último no ha pasado nada, puede que tengamos un problema muy de otro tipo distinto a los varios que padecemos. Tal vez todo pueda arreglarse regalándole al Sultán y a sus amigos constructores la final del Mundial de fútbol de 2030, ya se ve que no todo está perdido.
Si Sánchez todo lo arregla de manera tan brillante como generosa siempre quedarán algunos fascistas inasequibles al desaliento que digan que Sánchez no ha sido previsor…, él que habría conseguido que un evento tan importante como la final de un Campeonato Mundial de Fútbol acabe en la capital de un país que no lo organizó y en un estadio que les estamos financiando como los buenos amigos que siempre hemos sido. ¿Y después?, pues el que venga detrás, ya se sabe, porque sería delirante pedirle a Sánchez que se preocupe de otro futuro que no sea el suyo, sobre todo en momentos tan delicados como los que se nos vienen encima.
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