La Unión Europea no gana para tanto disgusto. Todavía le tiemblan las canillas con los ataques a la independencia judicial en Polonia y Hungría, cuando observa que en las elecciones legislativas de los Países Bajos gana nada menos que la ultraderecha islamófoba y crítica con la propia Unión Europea, liderada por Geert Wilders. De modo que con Holanda (sé que no es correcto, pero es como llamamos a aquél país), la Comisión Europea y el resto de instituciones comunitarias van a estar muy ocupadas. Demasiado ocupadas, diría yo, como para prestar atención a las minucias españolas.

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¿Que el Gobierno concede una amnistía que no viene en la Constitución y que está prohibida de forma inequívoca, aunque no expresa? ¿Que eso supone la condena de la propia Constitución, y por esa vía la voladura de la Carta Magna? ¿Que cualquier atentado contra la ley se puede retirar de la circulación legal para todos aquéllos que tengan el poder político suficiente? ¿Que se rompe así la igualdad entre españoles? ¿Que el Parlamento crea comisiones para controlar a los jueces?

¿Será Wilders primer ministro? Puede cerrar las fronteras, en parte, a la inmigración, pero ¿qué piensa hacer con la población musulmana que hay ahí? ¿Impondrá una política de educación laica? Y ¿tiene Rusia motivos para celebrar su victoria?

Nada. No hay problema. Al fin y al cabo, es España. Y para Europa sólo el desprecio modera el soterrado tsunami de animadversión hacia el país. Además, lo gobierna un gobierno de progreso. La UE no molesta a los gobiernos de progreso.

Otra cosa es Holanda. Para el país (bajo) no se guarda el mismo recelo. Además, lo que se asoma es la blanca cabellera de Mozart, como llaman a Wilders en su país. ¡Es una cholla ultraderechista, o como poco, súperderechista! Y no cabe duda de que lo es.

Es cierto que se estampa el distintivo ultraderechista como pintaban las casas de los judíos con estrellas de David los alemanes de los años 30. O los alemanes, franceses o españoles de hoy, por cierto. Al final, la estampa se coloca sobre realidades muy diversas, y conviene entender qué hay detrás de cada movimiento.

Lo que caracteriza al Partido de la Libertad (PVV) de Geert Wilders es, sí, un intento por limitar, e incluso reducir, la presencia de musulmanes en los Países Bajos. Más que líder, Wilders es el dueño del PVV. Y su punto de vista es el siguiente: los musulmanes no comparten nuestra misma cultura, ni nuestra concepción de lo que es una sociedad buena, o el papel que cada uno puede o debe jugar en ella. Hay aspectos como el papel de la religión o la relación de cada uno con la autoridad, o cómo las diferencias sexuales o sociales marcan nuestra vida, en los que su forma de entender las cosas, su Weltanschauung, nada tiene que ver con el nuestro.

Así dicho, no parece muy impresionante. Cada uno puede seguir su vida como quiera, y tener sus propias convicciones y vivir acorde con ellas. Pero, de nuevo, esa es nuestra forma de ver las cosas, pero no necesariamente la de quienes vienen a nuestro suelo. Y no necesariamente es la visión de la población musulmana.

El musulmán entiende que el proselitismo es un mandato divino. No descansa entre infieles, aunque sean personas del libro. Y su presencia, y su libertad, es la libertad de atacarnos por convivir con personas del mismo sexo, o por consumir alcohol en público, o por cualquier otra cosa. Wilders vive con la permanente amenaza de que a un fiel le dé por practicar el Islam sobre su cabeza. Y lleva 19 años con esa amenaza.

Yo creo que es un temor excesivo. Y que en la mayoría, la inmensa mayoría de los casos, esos problemas posibles no se producen. Bien es cierto que no vivo en los Países Bajos. Y que muchos ciudadanos que viven allí entienden la cuestión tal cual la plantea Wilders. Y que son cada vez más, y ello tiene una impronta significativa en las últimas elecciones legislativas.

Excepto en el ámbito de la inmigración, la propuesta de Wilders era más cercana a la defensa de la libertad que otras opciones que se llaman ultraderechistas. Incluso hacía suyas propuestas como el matrimonio entre homosexuales, u otras políticas asociadas al movimiento LGTB. Y para él todo era congruente, porque pensaba que esas libertades personales, más que las económicas que también defendía, estaban bajo amenaza por la presencia musulmana en su país. A esta reflexión los medios de comunicación le han llamado “islamofobia”.

El contexto ideológico le ha llevado a adoptar la crítica a lo que se llama globalismo. Es la teoría (formulada con un indudable grado de correspondencia con la realidad), de que hay varias ideologías de izquierdas impulsadas, o impuestas, por organismos internacionales y por grandes empresas. Una de esas organizaciones es la UE, de la que el PVV es un crítico resuelto. Politico dice que Wilders es “la peor pesadilla” de la Unión Europea, en una clara exageración.

En las elecciones de 2017, el PVV obtuvo 25 escaños. Se formó una coalición para apartarlo del poder, que ha funcionado hasta ahora. El partido de Wilders ha obtenido 37 escaños de 150, y es el factotum del Parlamento. El partido conservador VVD de Mark Rutte, liderado por Dilan Yesiglöz, ha perdido 10 escaños y se queda con 24. Los rojiverdes de Fans Timmermans pasan de 17 a 25, un muy buen resultado.

No está asegurado que Wilders forme gobierno. Pero tampoco es fácil hacerlo sin él. La líder conservadora Yesiglöz ha dicho que, a diferencia de Rutte, ella no piensa cancelarle. Este y otros partidos, por otro lado, han asumido parcialmente la preocupación por los problemas asociados a la inmigración. Y Wilders, por su parte, moderó ligeramente su discurso. Parece que su formación alcanzó el punto de maduración adecuado para que se diera esta situación.

También se ha visto favorecido por cuestiones que son ajenas a él y a sus propuestas. El gobierno de Rutte está marcado por varios escándalos. Por otro lado, la política de impuestos al alza ha ralentizado el crecimiento de la economía neerlandesa, que en estos momentos está en recesión. Las regulaciones han detenido la construcción de viviendas, y ahora el país vive una crisis muy grave al respecto.

A partir de aquí, son todo incógnitas. ¿Será Wilders primer ministro? Puede cerrar las fronteras, en parte, a la inmigración, pero ¿qué piensa hacer con la población musulmana que hay ahí? ¿Impondrá una política de educación laica? Y ¿tiene Rusia motivos para celebrar su victoria? Aunque es un hombre sobradamente conocido, su imagen ha sido tan desfigurada por los medios de comunicación y por los políticos rivales, que es difícil resolver el enigma Wilders.

Foto: Wouter Engler.

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