Maquiavelo decía que quien reparte cargos en realidad gobierna dos veces. La primera vez, desde el sillón que ocupa, y la segunda, desde todos los que coloca a su alrededor. Es decir, que el poder paga con poder.
Yo esto pude comprobarlo durante los años que anduve por Moncloa, era algo casi esquizofrénico asistir a la preocupación por los despachos, las llegadas y salidas, y los potenciales cargos que llevarían a otros cargos. También, el mismísimo Martín Villa, me reconoció una vez, con toda sinceridad y honestidad, cosa que le honra, que no sé qué empresa le tenía ahora «recogido».
Lo que en Florencia surgió como servidumbre cortesana, en la España y la Europa de nuestros días se ha convertido en un sistema perfectamente engrasado de reciprocidad institucional, donde los cargos públicos y las pasarelas hacia los entramados público-privados, ya no se ganan ni se pierden, sino que se intercambian.
Cargos internacionales sucesivos con salarios y condiciones de ensueño, ninguno sometido al escrutinio de unas urnas, todos ellos vinculados de una u otra forma a redes tejidas desde el poder que un día ejerció o se fue ejerciendo
El gobernante, el cargo, el asesor y todo el amplísimo elenco, dedica más tiempo a su futura recolocación que a la tarea cotidiana. Hay cientos de casos y de todos los colores políticos, claro está. El caso de Leire Pajín fue, y es, casi un manual de instrucciones.
Ministra de Sanidad en un gobierno que dejó la Seguridad Social al borde del colapso, su carrera posterior no ha conocido el desierto que suele aguardar a los responsables de una gestión fallida. Asesora en la Organización Panamericana de la Salud, consultora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, directora de Desarrollo Global en ISGlobal durante una década, y ahora, para cerrar el círculo, presidenta de no sé qué organismo creado entre la Unión Europea y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños.
Cargos internacionales sucesivos con salarios y condiciones de ensueño, ninguno sometido al escrutinio de unas urnas, todos ellos vinculados de una u otra forma a redes tejidas desde el poder que un día ejerció o se fue ejerciendo. Y así es como el fracaso doméstico se convierte en currículum internacional, y el partido que la promovió cobra, a cambio, la lealtad de quien sabe a quién debe la silla.
Michelle Bachelet ofrece la variante sudamericana del mismo mecanismo, con la diferencia de que en su caso el ciclo se cierra dos veces. Presidenta de Chile, después Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, cargo obtenido con el respaldo entusiasta de los gobiernos que la habían tenido como aliada, y de nuevo, casi candidata a la presidencia al concluir su mandato en Ginebra entre la incertidumbre de otro cargo de mayor prestigio.
El poder ejecutivo nacional y el poder simbólico internacional se retroalimentan como dos vasos comunicantes. Uno legitima al otro, y ambos evitan que quien los ocupa pierda nunca del todo su estatuto de intocable.
Podríamos añadir más nombres a esta noria. Nuestro presidente se especuló con una salida hacia la OTAN. Sí, sí, la OTAN, nuestro presidente al mando de la OTAN, imagínense la situación.
La nómina de comisarios europeos reciclados es extensa, la de embajadores designados por servicios prestados, como el propio Moratinos que por ahí anda con no sé qué de alianzas de civilizaciones, también. La de expresidentes convertidos en consejeros de fundaciones que ellos mismos ayudaron a crear desde el Estado qué decir… El catálogo, más que informar, fatigaría y también radicalizaría. Nos dirán, eso sí, que no generalicemos.
Ahora bien, lo importante no es la lista, sino el mecanismo que la sostiene, es decir, un sistema en el que el mérito ha sido sustituido por la trazabilidad política, y donde cada nombramiento internacional funciona como devolución de un favor doméstico.
Cicerón entendía que la corrupción provincial no era sino la prolongación natural de la corrupción del foro, es decir, quien compraba el cargo en Roma cobraba después la inversión gobernando o administrando fuera de ella. Tocqueville también hizo mención a esta corruptela que acabaría convirtiéndose en gran corrupción. Nuestros contemporáneos han perfeccionado el modelo, pues ya no hace falta comprar el cargo con dinero, basta con haber ocupado el cargo anterior desde la trinchera correcta.
Por ahí quedan no pocos del movimiento 15M que habían teorizado y maniobrado en esta dirección. Enseñaban en sus charlas que hay que crear el máximo de organismos donde recolocarse por si se pierden las elecciones y los cargos oficiales. Son los que llaman fascistas de los partidarios del Estado mínimo o de la ortodoxia presupuestaria, claro.
El problema de fondo no es moral, o no solo moral, sino institucional. Cada vez que un cargo, nacional o internacional, se llena por gratitud política y no por competencia, la organización que lo aloja pierde un grado de legitimidad y el ciudadano pierde la posibilidad de que ese puesto sirva al fin para el que fue creado.
La Fundación EU-LAC, la Alta Comisaría de Derechos Humanos, cualquiera de estos organismos nació con un propósito técnico o humanitario que la lógica del reparto de cuotas partidarias erosiona sin necesidad de escándalo alguno, sin titulares, sin investigación judicial. Basta con la discreción de un nombramiento que nadie cuestiona porque todos, en el fondo, entienden las reglas del juego.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea ya por qué ocurre, sino por qué hemos dejado de escandalizarnos.
La respuesta, me temo, es la más incómoda de todas, y es algo que suelo explicar, con poco éxito a quienes me escuchan en clase. El sistema, en su perfección burocrática, ha logrado que el escándalo parezca innecesario. Cuando la excepción se convierte en norma, ya no hace falta ocultarla. Basta con nombrarla de otra manera: cooperación internacional, experiencia acumulada, prestigio institucional. Las palabras, como siempre, son las últimas en rendirse.
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