Recuerdo que cuando empezó la invasión a gran escala, en febrero de 2022, los medios de comunicación se llenaron de expertos que vaticinaban la victoria de Rusia en días o semanas. Muchos de ellos eran militares retirados convencidos de la superioridad militar del segundo ejército del mundo, que argumentaban que el ejército ruso estaba siguiendo paso a paso el manual de cómo ganar una guerra. Sin embargo, los reveses rusos comenzaron muy pronto, con el fracaso de los paracaidistas rusos para asegurar la toma del aeropuerto de Hostómel, en las afueras de Kyiv, y la decidida resistencia de las tropas ucranianas, cuyo ejemplo más heroico fue la defensa de Azovstal en Mariúpol, que contradecía las rendiciones en masa que anunciaban canales como Russia Today.
Las largas columnas de vehículos rusos, que parecían imbatibles, se atascaron y la “blitzkrieg” sobre Kyiv fracasó, obligando en abril a los rusos a centrar sus esfuerzos en el Donbás. A pesar de todo, la narrativa no cambió: Rusia seguía siendo invencible y solo era una cuestión de tiempo que Ucrania se rindiera. En mayo me invitaron a un programa de televisión en el que varios expertos, incluido un exmilitar, afirmaron que lo mejor que podía hacer Ucrania era aceptar las exigencias de Putin. Mi opinión fue radicalmente opuesta: La operación militar especial había fracasado, las armas rusas eran inferiores a las occidentales y los soldados del segundo mejor ejército del mundo llevaban botiquines de los años setenta, lo que aumentaba drásticamente el número de heridos que morían antes de llegar a un hospital de campaña. Un año después, hicieron un nuevo programa, pero está vez no me invitaron.
Los drones han provocado una revolución militar como la que supusieron los tercios españoles en la Edad Moderna
La liberación de Jersón, la única capital que había sido ocupada, y la expulsión de las fuerzas rusas de Jarkív, mostraron la capacidad de Ucrania para asestar golpes a los rusos y no tomar un rol meramente defensivo. La determinación y el valor de los soldados ucranianos, unidas a la superioridad de las armas occidentales, sí estaban marcando la diferencia. “Rusia perdió el tren de lo que se llamó RMA (Revolución de Asuntos Militares) porque el boom de la informática cogió al Kremlin tras la caída del Pacto de Varsovia y arruinado por la competición por la guerra de las galaxias con Reagan y la derrota de Afganistán”, señala el almirante retirado Juan Rodríguez Garat, “Rusia dividió su presupuesto de Defensa entre diez y estuvo así quince años, lo que le ha llevado a un claro retraso tecnológico y no sólo en los sistemas de armas. Nadie de los que hoy no paran de alabar el armamento ruso compraría un ordenador ruso, una televisión rusa o un teléfono móvil ruso. Todos sabemos que Aeroflot, hasta que empezó la invasión, volaba con Airbus y con Boeing. Además, hay una evidencia que es el rendimiento del material de procedencia soviética y luego rusa en los conflictos de Oriente Medio. Recuerdo mi estupefacción, cuando era teniente de navío, porque a los misiles antiaéreos rusos en el valle de la Becá los habían destruido los aviones israelíes sin sufrir ni una baja. Y ha vuelto a suceder ahora con los S-300 y los misiles israelíes. La diferencia de material es más notoria cuanto más electrónica hay en el aparato, y el armamento ruso está muy por debajo del occidental e incluso del material fabricado por la industria ucraniana”.
Tras las victorias ucranianas, la guerra entró en una nueva fase, una guerra de desgaste en el que Rusia ha asumido un enorme gasto de recursos materiales y humanos, a cambio de unos avances territoriales que con la evolución de la guerra de drones son cada vez más limitados. “Rusia ha adaptado su estrategia hacia un modelo basado en la presión constante. Combina el uso intensivo de artillería y ataques en profundidad contra infraestructuras críticas. La doctrina rusa ha priorizado el volumen de fuego sobre la precisión, buscando desgastar progresivamente las capacidades ucranianas”, me dice el coronel Carlos de Antonio Alcázar, analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria, “sin embargo, este enfoque ha implicado costes muy elevados. Las pérdidas de equipos modernos han obligado a recurrir a material heredado de la era soviética, mientras que las bajas humanas han requerido sucesivas movilizaciones parciales y la adaptación de la estructura de fuerzas. Este desgaste ha generado tensiones internas y ha condicionado la evolución de la economía rusa hacia un modelo de economía de guerra”.
Rusia ha podido pagar el precio de esta guerra de desgaste, hablamos de alrededor de un millón y medio de bajas, mediante movilizaciones parciales, el uso de presos y el pago de cantidades desorbitadas a los voluntarios. Esta táctica ha servido al Kremlin para cubrir su cupo de carne de cañón, hasta ahora, cuando el número de bajas supera a la de los nuevos reclutas: 80000 nuevos soldados se incorporaron en el primer trimestre de 2026, pero, en el mismo, el ejército ruso sufrió 105000 bajas. Sin embargo, por una mera cuestión de números, Ucrania no podía enfrentar esta guerra de desgaste del mismo modo. “Ucrania ha desarrollado un enfoque asimétrico basado en la flexibilidad, la adaptación continua y la innovación. La integración de sistemas occidentales, como artillería de precisión y defensa aérea avanzada, se ha combinado con soluciones propias, especialmente en el ámbito de los drones, lo que ha permitido mantener la cohesión operacional pese a la inferioridad de material”, señala Alcázar.
La guerra de drones
“Los drones no son simplemente una innovación tecnológica, sino un elemento transformador del arte de la guerra. A través de su producción masiva, la innovación continua y la integración táctica, Ucrania ha logrado compensar parcialmente sus desventajas estructurales frente a Rusia”, concluye Alcázar.
Los drones lo han cambiado todo y, ahora mismo, más del 80% de las bajas en el frente ucraniano son causadas por drones, cuando antes eran causadas principalmente por la artillería y la aviación. Pero su alcance no se limita al frente, y mientras Rusia emplea misiles y drones contra la infraestructura y las ciudades ucranianas, Ucrania está llevando a cabo una guerra asimétrica contra Rusia, atacando refinerías y objetivos económicos que están mermando su capacidad militar. La producción petrolera rusa se ha reducido hasta 400.000 barriles diarios, y puertos como el de Novorossiys, en el Mar Negro, y Ust-Luga, en el Báltico, han visto reducida su capacidad en un 38% y un 43% respectivamente.
Estamos hablando de que Ucrania han golpeado al menos a 24 de las 33 refinerías principales de Rusia y ha generado escasez de gasolina y diésel en 53 regiones, de Crimea a Vladivostok, provocando largas colas en gasolineras, restricciones en la venta de combustible e incluso el racionamiento. Rusia prohibió el pasado 8 de julio la exportación de diésel, una noticia que ha incrementado su precio hasta un 19% y ha duplicado la inflación en algunos sectores. Rusia ha pasado de ser la “gasolinera del mundo” a verse obligada a importar combustible.
Además de estas sanciones de largo alcance, que es como Zelenski denomina a estos ataques, los drones también están mermando la moral de la población rusa. Dañar la imagen de Putin, mostrarlo ante su pueblo como un líder incompetente, ha sido un objetivo muy evidente de Ucrania desde las primeras incursiones en territorio ruso a cargo de unidades de voluntarios rusos que luchan por Ucrania, como el Cuerpo de Voluntarios Rusos (RDK) o la Legión Rusia Libre. Aparte de otras consideraciones, la operación sobre Kursk también sirvió el mismo propósito y provocó por primera vez duras críticas al Kremlin en las redes sociales rusas.
Las imágenes de las enormes columnas de humo sobre San Petersburgo y Moscú han alcanzado a toda Rusia y desmentido las afirmaciones de la propaganda. El cansancio de una victoria que nunca llega, las restricciones de combustible y el control de las redes sociales han generado los índices de popularidad más bajos para el presidente ruso desde el inicio de la guerra. Según las encuestas del IKAR, el Instituto de Estudios y Análisis de Conflictos de Rusia, en Krasnodar y Rostov, la popularidad de Putin se sitúa en torno al 35%, y cae entre los jóvenes menores de 30 años al 16% en Rostov y al 24% en Krasnodar. “La popularidad de Putin va a seguir cayendo, a menos que ponga fin a la guerra, algo para lo que obviamente no está preparado ya que representaría una muestra de debilidad”, afirma Oleksandr Shulga, director del IKAR.
Gracias a los drones y a la capacidad ucraniana, las tornas están cambiando. “Parece que esta estrategia está funcionando y que podría cambiar el signo de la campaña en su cuarto año de la guerra”, apunta el coronel de infantería de marina retirado Juan Ángel López, que también destaca entre los logros de Ucrania la derrota de la flota rusa en el Mar Negro y que la ha obligado a buscar puertos más seguros. La imagen de Vladimir Putin con un puñado de marineros en el “Día de la Marina Rusa”, frente a un cartel enorme en el que se mostraba un submarino, es la prueba más fehaciente del temor a los drones ucranianos. Que lejos parece esta misma celebración hace tres años, en 2023, cuando Putin pasó revista a tres mil marineros en lanchas, barcos y submarinos, mientras amenazaba a la OTAN y a Estados Unidos.
Para López, los drones han provocado una revolución militar como la que supusieron los tercios españoles en la Edad Moderna: “Los drones constituyen una ruptura sistémica en la conducción de la guerra equivalente a la provocada por los tercios en el siglo XVI. Y por ello los ejércitos modernos deberían crear sus propios tercios del siglo XXI insertando drones en cada formación de infantería hasta el nivel más bajo”, algo que los ucranianos ya están haciendo. “Es una revolución militar. Lo que antes requería regimientos y pistas de aterrizaje ahora cabe en una mochila. Lo que antes exigía valentía ahora solo requiere ancho de banda. No podemos esperar a la próxima guerra para escribir la doctrina. Ya se está redactando en los cielos de Ucrania”, concluye.
Ante esta revolución las viejas tácticas ya no sirven, como el ejército ruso pudo comprobar, una vez más, el pasado 24 de julio. Las fuerzas rusas intentaron una ofensiva blindada y acumularon docenas de carros de combate, entre los que había T-72B3 equipados con el sistema de protección activa (APS) Arena-M (diseñado para hacer frente a las amenazas antitanque modernas, como los drones FPV), y vehículos blindados cerca de Dobropillia, en la región de Donetsk. El ataque buscaba romper el frente, pero fue abortado por los operadores de drones ucranianos que convirtieron los blindados rusos en chatarra en cuestión de minutos: 9 carros de combate, 2 vehículos blindados y 3 lanzacohetes Grad fueron eliminados junto con varias docenas de soldados.
El 28 de febrero de 2025 se produjo la desastrosa reunión en la Casa Blanca en la que Donald Trump le dijo a Zelenski que no tenía las cartas y muchos se frotaron las manos creyendo que Ucrania había perdido a su mayor aliado y que se vería obligada a capitular. No ha sido así, y hoy sabemos que Ukrainian Defense Drones (UDD), la empresa estadounidense que representa al fabricante ucraniano de drones “F-Drones”, va a establecer su primer centro de montaje y fabricación a gran escala en Estados Unidos, un proyecto con una inversión de 18,4 millones de dólares y que va a generar al menos 300 nuevos puestos de trabajo estadounidenses, o que Ucrania ha recibido la autorización de Trump para fabricar sus propios interceptores Patriot PAC-3 MSE.
¿Qué ha cambiado? Todo, y no solo en los campos de batalla de Ucrania, sino también en Oriente Medio, donde la experiencia de los ucranianos se ha convertido en un referente para la defensa de los países del Golfo y también de los Estados Unidos ante los ataques iraníes. “Ucrania se ha convertido en un actor clave en la generación de conocimiento militar por su experiencia en combate real, y la incorporación de ese conocimiento ucraniano es esencial para la OTAN”, señala Alcázar. Sí, Ucrania ahora tiene las cartas.
* Publicado originalmente en la revista Misao.
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