Sobre las motivaciones del voto hemos leído de todo. Suele decirse que el votante vota con el bolsillo, es decir, que el factor más determinante suele ser el económico y por eso la corrupción masiva en ocasiones puede pasar a un segundo plano y no ser determinante.

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La regla económica es en cualquier caso incompleta o una verdad a medias. Quien la repite suele olvidar que el bolsillo tiene también su dimensión social. Es decir, no solo importa lo que hay dentro, sino lo que hay en el del vecino.

El elector racional existe, pero vota seguramente sin leer la prensa ni ver los telediarios. Es el que mira el pasado y vislumbra el futuro, el que sabe que todos o casi todos mienten porque ha leído a J. F. Revel

Lo sabía Adam Smith, a quien la posteridad ha reducido a un carnicero movido por su propio interés. Pero Smith abrió su Teoría de los sentimientos morales admitiendo que, por egoísta que sea el hombre, algo en su naturaleza le obliga a interesarse por la suerte ajena. Es la parte amable de la ecuación. La otra, que Smith también conocía, es que esa preocupación por el vecino no siempre es compasión. A veces es comparación, y la comparación, mal digerida, se llama envidia. 

El ciudadano no solo pregunta cómo le va a él, sino cómo le va a él respecto a. Y hay balances en los que uno aceptaría perder algo con tal de que el de al lado pierda más.

A este cálculo hay que añadir el clima. Gustave Le Bon, en su Psicología de las masas, describió cómo el individuo que se integra en la masa deja en la puerta buena parte de su criterio. Piensa por contagio, se mueve por imágenes y afirmaciones antes que por argumentos, y puede acabar defendiendo con fervor aquello que lo perjudica. 

No es necesario compartir el desdén aristocrático de Le Bon hacia el gentío para reconocer que algo de eso ocurre cada vez que se abren las urnas. Con frecuencia se vota contra el propio interés, y se vota sonriendo, porque la tribu aplaude.

Queda el último combustible, el más barato y el más inflamable: el rencor. Votar para ganar es una aspiración, o votar para que el otro, el que detestamos, no gane. La primera exige un proyecto, la segunda solo un adversario, alguien a quien se le desee el mal todos los días del año.

Un ejemplo doméstico. Felipe González, que de política sabe más que casi todos sus críticos y casi todos sus herederos, dijo hace poco que no quería pronunciarse sobre si convenía adelantar las elecciones, no fuera a ser que se hiciese precisamente lo contrario. Detengámonos en la frase, porque lo retrata todo. Un expresidente, con la autoridad que da haber gobernado catorce años, renuncia a dar una opinión sensata por temor a que su sola opinión vuelva imposible lo que defiende. 

Se da por hecho que, en la política española, y no sólo en la española, la decisión no se toma por razones ni por argumentos, sino por el sentido contrario al que señale el adversario o el crítico.

El segundo ejemplo viene de más lejos, pero explica lo mismo. Donald Trump es seguramente el dirigente que más animadversión, rechazo y agitación ha provocado dentro y fuera de Estados Unidos que se recuerde. Se le ha detestado con una intensidad que no se recordaba desde hace décadas. Y sin embargo, o precisamente por eso, no hay político contemporáneo que haya demostrado con mayor claridad cuánta energía electoral produce el enfrentamiento. 

Sus partidarios lo votan, en buena medida, porque quienes lo desprecian le parecen despreciables, sus detractores se movilizan porque no soportan verlo. El odio es la única fuerza de este mundo capaz de empatar a dos bandos. Cada ofensa que Trump recibe alimenta a quien se siente ofendido junto a él, y cada exceso suyo alimenta a quien se siente ofendido contra él. 

Dos ejércitos con el mismo combustible. Cada cual que decide quién tiene razón, y si Donald Trump es criatura genuina o espontánea y no consecuencia del Change has come que llegó en 2008.

Sea como fuere, el actual contexto a un lado y otro del Atlántico, me ha hecho recordar La conjura de los necios, esa joya que John Kennedy Toole dejó al morir y que su madre, con tozudez admirable, logró publicar. Su título procede de Swift, que escribió que cuando aparece un verdadero genio en el mundo se le reconoce porque todos los necios se confabulan contra él. Lo delicioso de la sentencia es que sirve a cualquiera. Ignatius Reilly, el protagonista, se cree ese genio rodeado de necios. Los necios, claro, piensan lo mismo de él. 

En política ocurre exactamente así: cada bando se imagina en el papel del genio asediado y atribuye la necedad al contrario. Nadie vota a los necios, todos votan contra ellos. Que los necios sean siempre los otros es la razón por la que la conjura funciona.

¿Qué mueve, pues, el voto? Un poco de interés, que es lo que decía el refrán, bastante de comparación con el vecino, que es lo que sospechaba Smith, una buena dosis de contagio, que es lo que temía Le Bon, y un fondo de rencor que ninguna campaña confiesa, pero todas administran con esmero. 

El elector racional existe, pero vota seguramente sin leer la prensa ni ver los telediarios. Es el que mira el pasado y vislumbra el futuro, el que sabe que todos o casi todos mienten porque ha leído a J. F. Revel, y es por tanto consciente del valor limitado del voto como mecanismo para conseguir el tipo de sociedad que le gustaría.

¿Hay remedio? El bueno gobierno no está relacionado necesariamente con la matriz democrática, aunque todos defendamos la democracia como sistema. Ahora bien, nuestras razones, también nuestros intereses, pueden ser menos puros de lo que creemos y el adversario puede también ser menos necio de lo que pensamos o conviene. 

Si a esto añadimos la progresiva y deliberada confusión o segmentación del cuerpo electoral, con un nivel de ideologización rara vez visto, en el horizonte emerge casi exclusivamente el interés y el reparto. Y esto no alivia ni da mucha esperanza al propio sistema democrático.

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Juan J. Gutiérrez Alonso
Profesor Titular de Derecho administrativo en la Universidad de Granada. Doctor en Derecho público europeo por la Universidad de Bolonia. Ha trabajado en Chase Manhattan Bank (Luxemburgo), en Garrigues & Andersen (Málaga), en la Embajada de España-AECID de la Paz (Bolivia y también fue asesor en el Ministerio de la Presidencia.