La energía es la verdadera moneda universal; nada ocurre en nuestro planeta sin flujo, transformación o intercambio de energía. Transformación y flujos de energía que van desde las fuerzas que originan la tectónica de placas hasta los efectos erosivos acumulativos de las incontables gotas de lluvia. La vida en la Tierra depende de la transformación fotosintética de la energía solar en biomasa vegetal. Los seres humanos, en nuestro camino civilizatorio, hemos logrado aprovechar muchos más flujos de energía, que van desde los combustibles fósiles hasta la generación fotovoltaica de electricidad. Además, nuestra especie es la única capaz de utilizar sistemáticamente la energía disponible fuera de nuestro propio organismo, utilizando el poder de nuestro intelecto y una enorme variedad de artefactos, desde las herramientas más simples hasta los motores de combustión interna o los reactores nucleares. Este uso de la energía lo afecta todo: agricultura, industria, transporte, armas, comunicaciones, economía, urbanización, calidad de vida, salud, política, …

Publicidad

La Agenda 2030 nos embarca directamente en la gigantesca tarea de cambiar radicalmente nuestra forma de obtener energía. Se trata de alcanzar al mismo tiempo objetivos de sostenibilidad y “lucha” contra el cambio climático. Esto va a exigir un gigantesco esfuerzo porque el escenario medioambiental y económico del siglo XXI no se puede calificar de “todo va a ir bien”. Más bien, es de esperar que las condiciones de vida y de trabajo sean más difíciles que fáciles en este siglo. No en el sentido de una gran catástrofe, sino en el sentido de diversos períodos de escasez en determinadas zonas geográficas, daños materiales y dificultades de adaptación. Ciertas regiones individuales pueden sufrir grandes recesiones y devastación. Por lo tanto, sería un error negar el carácter disruptivo de los cambios en el clima en nombre de la ingenua fe en buen tiempo. Al mismo tiempo se debe establecer una prioridad completamente diferente a la globalista de lucha contra el Cambio Climático: cuando las condiciones se vuelven más difíciles, la productividad de nuestra civilización debe ser el centro de atención y debe ser defendida con todas nuestras fuerzas. Además, no podemos olvidar que la etiqueta “renovable” no es, en absoluto, sinónima de “sin impacto”. Todo lo que hacemos tiene un impacto medioambiental.

Toda civilización se construye siempre sobre la base de un “sin embargo”, se vive y se trabaja a la sombra de los peligros. Y la experiencia nos dice que los costos de evitar cualquier peligro son siempre mucho más altos que los costos de adaptarse a ellos

En los planes energéticos del Gobierno de España recogidos en el ODS 7, “Energía asequible y no contaminante”, echo de menos la racionalidad necesaria a la hora de abordar los problemas que en los próximos años deberemos enfrentar. Resulta muy llamativo que, ante la escalada de los precios de la electricidad a que asistimos en los últimos años, y en vista de que más del 50% del precio final de un recibo de la luz se dedique a “incentivar las energías renovables, cogeneración y otros impuestos”, no sea posible encontrar ni una sola medida para reducir esas partidas. Tampoco encuentro mención al desarrollo de las tecnologías necesarias para modernizar la red de distribución, o para mejorar en muchas órdenes de magnitud la capacidad de almacenaje de la energía generada mediante dispositivos eólicos o solares. Si el objetivo principal es el de reducir a la mínima expresión el uso de combustibles fósiles, ¿qué sistemas de almacenaje vamos a utilizar para conseguir “guardar” la energía suficiente que nos permita subir a la red +/- 700 GWh el día que no sople en viento y no haga sol? ¿Vamos a respaldar con gas? ¿A importar? Si la intención es abandonar en la medida de lo posible los combustibles fósiles, ¿cuál es esa medida? ¿Son los biocombustibles realmente una alternativa “no contaminante”? Ni una sola palabra que nos indique que tienen respuesta a estos problemas. Ni una sola palabra que nos indique que están “viendo” estos problemas.

No quiero imaginar un hospital sin luz. No puedo imaginar un mercado laboral creciente sin energía para abastecer la actividad industrial necesaria. Llegados a este punto, creo que sería muy útil para el gobierno volver a examinar las formas con las que ya se ha establecido y conservado la resistencia climática de la civilización. Se pueden distinguir entre (al menos) cuatro formas:

  1. Formas de defensa (diques, cortafuegos),
  2. Adaptación de productos y procesos de manufactura (cultivo arable, cuidado de los bosques, conversión de recursos para bienes industriales),
  3. Formas alternativas (inundación llanuras, reubicación de áreas de asentamiento) y finalmente
  4. Probablemente la forma más importante: aumentar el umbral de tolerancia, es decir, aceptar condiciones más duras y mayores cargas y sacrificios personales.

Toda civilización se construye siempre sobre la base de un “sin embargo”, se vive y se trabaja a la sombra de los peligros (que de hecho ocurren y causan víctimas). Y la experiencia nos dice que los costos de evitar cualquier peligro son siempre mucho más altos que los costos de adaptarse a ellos.

Si nos fijamos en estas cuatro estrategias sobre las que las civilizaciones han fundamentado hasta ahora su resistencia climática, queda claro que la idea de que una civilización consistiría simplemente en “robo», «ocupación» o «instrumentalización» de la naturaleza, es una teoría profundamente errónea y no acorde con la realidad. También queda claro que estas estrategias son de aplicación global limitada, pero que sí se adaptan a las condiciones particulares de un lugar, un país, una región determinada del planeta. Es por eso por lo que todo esfuerzo adaptativo regional puede y debe continuar y fortalecerse, más allá y con más urgencia que cualquier plan global de rescate climático.

Esta Agenda 2030 debería dejarnos a todos con muy mal sabor de boca. Tal y como les he ido mostrando en éste y los cuatro capítulos anteriores de esta serie, son más las dudas y preguntas que las respuestas. Abusa de la emoción a costa de la razón. Ofrece muchas más buenas intenciones que medidas político-económicas de verdadero calado, implementables, financiables y, en definitiva, realmente sostenibles.

En este contexto, deben plantearse varias preguntas: ¿Los medios persiguen fines legítimos, invaden posiciones legales protegidas? ¿Son las medidas adecuadas en sí mismas? ¿Son las medidas necesarias y adecuadas? ¿Son las medidas proporcionadas después de sopesar todas las ventajas y desventajas?

¿Se trata de un plan para salvarnos a nosotros y al planeta? ¿O estamos simplemente ante un plan para someter nuestras voluntades a la idea salvífica de una élite tecnocrática? Juzguen ustedes.

Foto: Nahil Naseer.

_

Enlaces a los artículos anteriores de esta serie:

  1. Agenda 2030. ¿Camino de servidumbre? (I)
  2. Agenda 2030. ¿Camino de servidumbre? (II)
  3. Agenda 2030. ¿Camino de servidumbre? (III)
  4. Agenda 2030. ¿Camino de servidumbre? (IV)

Por favor, lee esto

Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticamente correctas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo tú, mediante el pequeño mecenazgo, puedes salvaguardar esa libertad para que en el panorama informativo existan medios nuevos, distintos, disidentes, como Disidentia, que abran el debate y promuevan una agenda de verdadero interés público.

Apoya a Disidentia, haz clic aquí