El necesario debate de ideas ha desaparecido. El lenguaje de “bien” y “mal”, “apropiado” e “inapropiado”, ha sido reemplazado por la expresión “la investigación muestra…”. Esta es, en síntesis, la nueva forma de gobernar que se ha impuesto y que está generando enormes tensiones.

Convertir la ciencia en árbitro de la política y del comportamiento humano sólo sirve para confundir las cosas. Los datos en sí no nos dicen qué camino debemos tomar. Y aunque los esfuerzos estadísticos pueden suministrar información sobre cómo funciona el mundo, difícilmente nos dicen lo que debemos hacer. Para eso es necesario un marco interpretativo. Y ahí empiezan los problemas, porque siempre se podrán defender correlaciones distintas. A cada estudio, a cada estadística le corresponderá al menos dos interpretaciones diferentes, dos verdades contrapuestas, dependiendo del prejuicio del analista, del sesgo del investigador o de quien instrumentalice el estudio.

Si comes bien, tienes un sistema sanitario decente, una industria ‘sostenible’ y educación pública garantizada, la autosuperación puede ser excluida

Como prueba vale el estudio anual de “La felicidad” de la ONU, que no es más que una suma de estadísticas sujeta a una interpretación dirigida. La “felicidad” de la ONU es una felicidad relacionada con el gasto en políticas públicas de los gobiernos. Si comes bien, tienes un sistema sanitario decente, una industria ‘sostenible’ y educación pública garantizada, la autosuperación puede ser excluida. Y su vacío será llenado por los psicólogos. Así, como explica Barbara Adam en The Risk Society and Beyond (2000), entramos en el siglo XXI confundiendo la búsqueda de la felicidad, donde el riesgo forma parte de la experiencia vital, con la compra de experiencia psicológica. La sana utopía transformadora, que nos obligaba a toparnos tarde o temprano con la realidad, se ha transformado en una distopía censora que nos impide madurar.

Expertos hacia el conflicto

La historia reciente está llena de sucesos terribles que se desencadenaron precisamente por un empirismo cuyo marco interpretativo dirigido resultó catastrófico. Así, los momentos más siniestros del siglo XX tuvieron un denominador común: una ingeniería social para la que el fin justificó los medios. En definitiva, la imposición de determinadas ideas por encima de los principios de libertad y responsabilidad se tradujo en barbarie.

Así pues, antes de dar por buena cualquier política, deben prevalecer determinados principios que no son gratuitos, aunque, en ocasiones, puedan parecer un freno a una modernidad que se ha vaciado de contenido.

¿No es cierto acaso, por ejemplo, que eliminar a las personas deficientes ahorraría costes al conjunto de la sociedad?, ¿o que liquidar por la vía rápida a los ancianos que ya no pueden valerse por sí mismos supondría un alivio para las arcas del Estado y que esos recursos podrían proporcionar al resto más bienestar? Seguro que podrían realizarse estudios que así lo demuestren. Son ejemplos extremos, desde luego, pero una vez se antepone el bienestar a los derechos individuales y a las responsabilidades, las líneas rojas se vuelven borrosas. Y terminan rebasándose.

La reactancia social está alcanzando cotas propias de un gran conflicto

Los expertos que hoy justifican desbordar estos límites creen haber aprendido las lecciones del pasado, piensan que podrán imponer su visión benefactora sin desencadenar nuevos desastres o reacciones peligrosas. Pero ya estamos comprobando que no es cierto, que Occidente se convulsiona porque la gente corriente ni comprende ni aprueba su ingeniería. La reactancia social está alcanzando cotas propias de un gran conflicto, en España y América, en Europa y los Estados Unidos.

Sin embargo, los expertos se revuelven. Al principio modulaban su discurso, adoptaban un tono paternal, presentándose como gente conciliadora, sensata, reflexiva, avalada por toneladas de datos. Pero cuando la contestación pública fue en aumento, se desprendieron de la máscara y optaron por descalificar a los ciudadanos.

Un viaje hacia ninguna parte

La intelligentsia occidental ha emprendido un viaje hacia ninguna parte. Su búsqueda del bien, de esa felicidad que consagra la ONU, está acarreando la liquidación del espacio privado de las personas. Así, a cuenta de un falso feminismo, los políticos y expertos ya pueden regular las relaciones íntimas e imponer el criterio de selección a las empresas para que no sea el talento sino la identidad lo que prevalezca. En los Estados Unidos, este falso feminismo es ya un nuevo macartismo que azota las universidades y la industria del cine. En España no vamos a la zaga. Aquí un ministro de Justicia puede señalar a un juez en sede parlamentaria, a cuenta de una sentencia, sin que a nadie se le hiele la sangre. En cuanto a Francia, ya sale más caro piropear a una mujer que robarle el bolso.

Los expertos nos han llevado tan al extremo que hoy todo es conservadurismo

Todos los partidos y, también, cierto libertarismo, están confluyendo en la Corrección Política. De hecho, algunos libertarios se revuelven contra el Estado de derecho y apoyan el secesionismo, quizá temerosos de ser tachados de conservadores. Y lo hacen mezclando la autodeterminación individual con la autodeterminación colectiva. Olvidan que, cuando el principio de autodeterminación fue elevado a la categoría de principio moral tras la Segunda Guerra Mundial, Karl Popper advirtió que la autodeterminación era un principio contradictorio, pues la ‘liberación’ de pueblos y minorías sencillamente creaba más minorías. Lamentablemente, hasta el bueno de Popper es hoy un conservador a los ojos de muchos. Los expertos nos han llevado tan al extremo que hoy todo es conservadurismo.

Para mantener la farsa, quieren hacer creer que aún existen alternativas partidistas inundando los medios de información con debates sobre políticas finalistas, incluso, si hace falta, con mociones de censura fraudulentas. Pero lo que hay es una coalición de intereses que se reparte la tarta y que, para ello, se ha arrogado la facultad de decidir qué es correcto y qué incorrecto, qué es moral o inmoral… dependiendo de por dónde soplen los vientos de sus propios intereses.

Así, no es de extrañar que principios valiosos, como la responsabilidad individual, un hombre un voto, o la igualdad ante la ley, desaparezcan en favor de una justicia social que se construye con manipulaciones estadísticas y falsas buenas intenciones. Y que la autonomía personal se haya convertido en algo propio de gente peligrosa a la que conviene cerrar la boca.

A George Orwell le atribuyen haber dicho que, en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Sea o no suyo el aserto, hay que ponerlo al día, porque en estos tiempos, no ya decir la verdad, sino simplemente pensarla es todo un desafío.

 


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6 COMENTARIOS

  1. No son los “expertos” los que están difundiendo e implantando en la sociedad una versión deformada y naïf de la realidad, apoyándose en los nuevos canales de difusión de la mentira. Y digo mentira, como afirmación consciente de su falsedad, no como concepto opuesto a una verdad desconocida. Que no es igual.
    He aquí de nuevo la irrupción de las psudociencias, de la que se valen las mal llamadas “ciencias” sociales para difundir creencias basadas en la nada, en el vació, para manipulación y control de las decisiones, supuestamente libres, de las masas.
    Nada mas lejos de la realidad, que la impostura de estos nuevos farsantes, epígonos de los charlatanes de feria antiguos, ahora fuera de todo control y que campan a sus anchas por todos los centros de decisión.
    Valga como ejemplo “elitista”, no ya de mercadillo, la economía fiduciaria, que hoy representa nada mas y nada menos que ocho veces el PIB mundial integrado, que se basa nada mas y nada menos que en mentira con nombre de producto sofisticado.
    Estos tíos han vendido dinero basado en la nada y han inducido una crisis de mil pares… para mucho tiempo.
    Usted cita a Popper; hace bien.. incluso al propio Lakatos que lo cuestionó. Viene a cuento porque ambos afirmaron que la mentira era especialmente relevante en la vida de hoy porque se había arrogado una función descriptiva del mundo que ha pasado de ser “inadecuada” o sea, no comprobada por la experiencia, a otra que es la que hoy nos ocupa, que de manera consciente e intencionada comercia con la mentira.

    • Tal vez haya mucho de verdad en la promesa bíblica de “la verdad os hará libres”. Por eso, en estos oscuros tiempos procuran que no haya ni catacumbas en las que pueda circular la verdad.
      Hay una serie australiana que se llama “The Code” que describe muy bien cuán siniestro es el tiempo que nos toca vivir.

      • A mi modo de ver el conocimiento de la verdad, como representación de una realidad sometida a contraste con la falsedad, no sería la base del problema que hoy aquí se denuncia.
        Sería el relativísmo hoy instalado en los mercaderes de las actitudes morales, que conduce a la tésis de que todas las demandas de los grupos de presión, movilizados por los poderes, deben ser acatadas en el ámbito de una tolerancia laxa y distópica a sus pretensiones, sobre la base de la malversación dolosa de la idea de verdad, como contraprestación a su servidumbre y domesticación cognitiva.

  2. Teorizar sobre alternativas partidistas es perder el tiempo. Se acerca una nueva crisis, los mercados cotizan con fuertes bajas la inestabilidad política de Italia y la moción de censura en España. Y todavía falta por descontar las alzas de tipos de interés para éste y el próximo año en USA y el fin de la barra libre del BCE. Total, la época de vino y rosas de extrema liquidez y tipos bajos se acaba.

    Con la deuda pública en récords no habrá más remedio que subir los impuestos y nos quedamos todos muertos. La alternativa de bajar el gasto exigiría cambiar el modelo territorial hacia uno más centralizado, recuperando transferencias cedidas a las taifas sin que se hayan hecho cuentas de cuánto nos iba a costar este batiburrillo de las autonomías.

    Pero todo esto está muy lejos de los intereses y capacidades de las cuadrillas políticas «estándar R78», tanto de la que nos gobierna como de las que nos quieren gobernar y a las que, irreflexivamente, seguimos votando cada 4 años.

    Pues nada, a subir los impuestos, nos lo tenemos merecido.

  3. Creo que son falta de ideas de la izquierda, a la que suelen pertenecer todos esos expertos sociales.
    En Europa usan la corrección politica para evitar que cerremos fronteras y diluyamos nuestra cultura con el resto del mundo para crear una nueva, así que tiene una explicación lo que hacen.
    Pero en EEUU hacen lo mismo y ya son un país formado por todas las culturas del mundo pues se formó a base de inmigrantes de todas partes, y ahí no tiene ninguna explicación que hagan lo mismo que en Europa.
    Así que es todo un misterio para mí adivinar qué tratan de hacer destruyendo la cultura occidental con censura y forzando la entrada de inmigración que realmente no hace falta, como en España con casi 4 millones de parados.
    Todo apunta a que quieren destruir el capitalismo forzando los enfrentamientos sociales para establecer un comunismo extrañamente capitalista como el chino, o el ruso.