Una pandemia con sus sucesivas olas, y ahora una guerra, dos acontecimientos que han convertido la información en la primera víctima. Con la pandemia se colocaron las tablas de la moral entre los vacunados y los no vacunados, declarando a los segundos como insolidarios egoístas, incluso posibles culpables de los contagios. Se silenciaron las víctimas, nunca se indicaron los motivos de los fallecidos, se ocultaron las muertes mientras se promocionaron los aplausos. Lo que rotundamente se evidenció fue la incompetencia de nuestra clase política. Y se utilizó un lenguaje propio de la guerra, en una podredumbre de retórica bélica.

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Que la comunicación política tuviera el tono y la forma belicista no fue inocente. Funcionan los mensajes simples, el lenguaje binario con buenos y malos bien definidos, con eslóganes como “venceremos” o “recuperamos la normalidad”. Esta comunicación propiciada por los asesores del gobierno simulan dotar a los ciudadanos de una obediencia soldadesca a sus políticos. O lo que es lo mismo, la retórica de lo colectivo como verdad y bandera, frente al individuo y su libertad. “No estamos en guerra, y no nos hemos alistado en ningún ejército. Somos médicos -reclamaron los facultativos- trabajamos con escasos recursos y a destajo, nuestra profesión y dedicación tiene más relación con salvar vidas y curar enfermos, que con matar gente“. Es lo que repetían muchos profesionales de la salud en aquellos tiempos, ironías de la historia.

Puede sorprender que desalojado Dios de nuestras creencias, estemos en una sociedad hipermoralizada, con normas para lo que tenemos que comer, beber y leer, también sobre lo que tenemos que pensar, incluso el sexo que debemos tener

De nuevo y una vez más, con la guerra en Ucrania, cuando se precisa un periodismo valiente, riguroso, en el que además de señalar la terrible agresión de Rusia perpetrada por Putin, también se explique el contexto, la responsabilidad de unos y otros, así como el cinismo de Occidente, situación militar en Ucrania. A cambio nos encontramos con una información simplista, con medios prohibidos y cancelados tanto en Rusia como en Occidente. Con una Información fragmentada, filtrada, no solo sesgada, también aliñada con moralina, desde unos medios que separan tribalmente a los buenos de los malos. Un ciudadano que se quiere informar necesita elegir sus fuentes y sus medios, ningún gobierno ni institución debiera decidir qué accesos son posibles y cuáles no. Del mismo modo que cualquier ciudadano debería decidir, en aras de su inteligencia, esfuerzo, y su tiempo, qué información es falsa y cuál no.

Cuando H. Arendt se preguntó cómo era posible que un país culto como Alemania pudiera realizar el genocidio judío, la autora decidió acercarse al diseñador de este genocidio, Adolf Eichmann. Nacido en Austria, este oficial de la SS ejerció como jefe de la sección de asuntos judíos en la Oficina Central de Seguridad del Reich. Una de sus responsabilidades era transportar a judíos de toda Europa a los centros de exterminio en Polonia. Frente a estos hechos lo primero que se piensa es que la persona que comete estas acciones es excepcionalmente malvada por lo que hace y por su propia singularidad. Pero Arendt plantea que cualquiera puede realizar los más terribles crímenes, lo que tiene que hacer es dejar de pensar. Con el contexto de instrucción que tuvo Eichmann y en las mismas circunstancias que tuvo, cualquier persona podría haber actuado de la misma manera. A esta acción y modo de actuar Arendt la denominó banalidad del mal. No es necesario ser un malvado personaje para cometer los crímenes más terribles, basta con dejarse llevar.

El ser humano se mueve en una amplia gama de grises y claroscuros. Somos capaces de heroicos gestos de generosidad y también de grandes perversiones. En nuestra naturaleza humana anida lo bueno y lo malo, en la que las circunstancias que nos han tocado vivir condicionan nuestra decisión. Stevenson derribó hace tiempo el mito del hombre unidimensional. Desde la espesa bruma londinense cuenta Stevenson “El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde”, de la que algunos autores lo atribuyen a una pesadilla que tuvo el autor, apresando la idea sobre la dualidad del ser humano, capaz de ser ángel y bestia a la vez. Algunos de los personajes de Dostoyevki también lo muestran, pues “cada persona es un mundo entero”.

Puede sorprender que desalojado Dios de nuestras creencias, estemos en una sociedad hipermoralizada, con normas para lo que tenemos que comer, beber y leer, también sobre lo que tenemos que pensar, incluso el sexo que debemos tener. Con estas reflexiones entré en las páginas del ensayo “Los peligros de la moralidad”, en las que el psiquiatra Pablo Malo, advierte de la creencia de que hay gente mala que hace cosas malas y gente buena que hace cosas buenas, pero el “mal puro es un sesgo autocomplaciente”. Porque resulta, que muchas más veces de las que nos parece, las mayores maldades las cometen personas que hemos dado por normales, convencidas de que están haciendo el bien.

Disponemos de algunas de las matanzas en la historia reciente más conocidas como el genocidio armenio entre 1915-1923 o la barbarie de Ruanda, resultado de un terrible enfrentamiento tribal. Y otros como el protagonizado por Ratko Mladic, general del ejército serbo bosnio durante la guerra civil bosnia en los años 90, o el perpetrado por el grupo terrorista Estado Islámico, que esculpía su califato en Siria y en Irak, asolados por la guerra en 2014 y 2015. Aquí también se colocó la diana en varias comunidades y grupos étnicos no musulmanes como los yazidíes y chiítas iraquíes, así como también ocurrió con los cristianos asirios que vivían en Siria e Irak. Son solo algunos ejemplos en los que subyace un “nosotros” y un “ellos” siempre enfrentados.

Desde sus primigenios orígenes el homínido se distribuyó en grupos no solo para cazar y sobrevivir, también para luchar unos contra otros. El pensamiento tribal está alojado en lo más profundo de nuestra naturaleza. Los grupos pueden tener sus diferentes contrarios, como se puede observar con determinados feminismos en los que los hombres son un riesgo y una amenaza, mientras que las mujeres son las víctimas naturales. Solo hay que echar una ojeada al espectro de las políticas identitarias, como bien retrata Douglas Murray en “La masa enfurecida”.

Señala “Los peligros de la moralidad” que el mito del mal puro, muy extendido y muy inconsciente a la vez, es erróneo, dado que lo bueno y lo malo están en cada cual. “Las creencias morales no solo obligan al que las tiene, sino a los demás, y ahí es donde aparece el conflicto que se genera con la libertad” (pg 59). Por consiguiente, lo relevante es que mis creencias morales tienen consecuencias para mí, pero también para los demás, del mismo modo podemos decir a la inversa. En definitiva, el ejercicio de la libertad individual no exime de la inconsciencia de los propios errores morales, como tampoco de sus consecuencias, aunque el respeto a la libertad de los demás, puede ser también el motivo por el que cuestione mis creencias cuando suponen el mal para los demás.

Foto: Mateus Campos Felipe.


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