En un artículo, Juan Soto Ivars escribió que «la socialdemocracia fue un invento estupendo». Lo hacía para reprochar a quienes se consideran socialdemócratas que hayan terminado justificando en el PSOE justo aquello que deberían repudiar: la corrupción, el enchufe, el despilfarro, el abuso fiscal, la colonización partidista del Estado. Su artículo tiene bastante razón en eso. Pero tiene interés por otra cosa.

Publicidad

Soto Ivars describe la socialdemocracia como la entiende muchísima gente: un capitalismo corregido por un Estado que, administrado de forma racional, proporciona buenos servicios públicos, garantiza en cierta medida la igualdad de oportunidades, ayuda a quien sufre las adversidades de la vida y trata de que nadie quede abandonado a su suerte. Un Estado que recauda lo necesario sin comportarse como un atracador y que gasta cada euro con mimo. Dicho así, hasta Milton Friedman le habría estrechado la mano.

La socialdemocracia no se limitó a corregir las desigualdades materiales que pudiera provocar el capitalismo. Aspiró a transformar la sociedad y, con ella, al propio individuo

El problema es que eso no es la socialdemocracia. O, al menos, no es toda la socialdemocracia.

La sanidad pública, la educación, las pensiones o la protección social, en general, son la parte más amable de un proyecto ideológico mucho más profundo. La socialdemocracia no se limitó a corregir las desigualdades materiales que pudiera provocar el capitalismo. Aspiró a transformar la sociedad y, con ella, al propio individuo. Esa es la parte más distintiva y crucial de la socialdemocracia. Y esa es la parte que ha desaparecido del su particular historia.

La socialdemocracia asumió una diferencia que la alejaba del marxismo ortodoxo. Esa diferencia consistía en no expropiar los medios de producción. El capitalismo podía seguir fabricando coches, neveras y frigoríficos. Las empresas podían continuar en manos privadas. No era necesario expropiarlas. Bastaba con que el Estado orientara la manera en que las personas vivían, consumían, educaban a sus hijos, formaban una familia y se relacionaban entre sí. Había otra forma de controlar el capitalismo y transformar la sociedad: intervenir sobre la demanda, las preferencias, los hábitos, las decisiones y las relaciones humanas.

Era una vía diferente al marxismo clásico, pero no precisamente una retirada ideológica. Había que «modernizar» la forma de pensar de las personas. Los Myrdal darían después a aquella pretensión un armazón intelectual: la libertad individual podía ser construida mediante políticas sociales.

La diferencia entre lo que Ivars cree que es la socialdemocracia y lo que es realmente es enorme. El Estado no se limita a garantizar que nadie muera de hambre o que un niño de origen humilde pueda estudiar. Decide cuáles son las dependencias que impiden al individuo ser verdaderamente libre y qué debe hacerse para eliminarlas. Familia, religión, roles sexuales, autoridad paterna, dependencia económica entre cónyuges, costumbres, tradiciones heredadas. Todo aquello que podía condicionar la vida del sujeto, la socialdemocracia lo convirtió en asunto político.

De ahí nació la llamada teoría de la individualización, cuyo objetivo era liberar a las personas de trayectorias vitales predefinidas por la clase, el sexo, la religión o la familia.

Sobre el papel puede sonar bien. Sin embargo, hay una paradoja: esa pretensión liberadora en realidad no hacía más libres a los sujetos. Simplemente cambiaba unas dependencias por otras. Para independizar al individuo de su entorno hacía falta alguien capaz de sustituir las funciones que desempeñaban sus vínculos sociales. Ese alguien fue el Estado.

La mujer debía poder liberarse económicamente del marido. Los cónyuges debían relacionarse como dos individuos autónomos, sin dependencias materiales. Incluso los hijos debían poder decidir sin depender de la autoridad de sus padres. La familia dejó de concebirse como una institución con roles y obligaciones preexistentes para convertirse en una relación permanentemente negociada entre sus miembros.

A esta transformación se la llamó «familia democrática». En ella los papeles tradicionales de hombres y mujeres y también las diferencias generacionales debían desaparecer de forma progresiva. Quién hace qué, quién decide, cómo se distribuyen las tareas y responsabilidades o qué autoridad corresponde a cada miembro dejan de venir dados por la institución familiar y pasan a ser objeto de escrutinio y negociación.

Aquello era mucho más que financiar buenos hospitales. Exigía la tributación individual, guarderías, permisos parentales, nuevas leyes matrimoniales, nuevas políticas educativas, reformas sobre divorcio, sexualidad, crianza y una concepción radicalmente distinta de las relaciones entre hombres y mujeres. Suecia fue desarrollando precisamente ese entramado desde los años setenta. Y desde ahí fue proyectándose a un número creciente de sociedades europeas.

Podría resumirse mediante una operación bastante sencilla: menos dependencia horizontal (sociedad) y más dependencia vertical (Estado). No desaparecía la dependencia. Cambiaba de titular.

La concepción del Estado socialdemócrata nunca se limitó a la redistribución económica. Siempre tuvo una aspiración mucho mayor: que el poder público corrigiera no ya las desigualdades materiales, sino sobre todo las conductas, los vínculos y las realidades sociales que los sostenían, el terreno quedaba preparado para ir mucho más allá.

Ahí es donde la socialdemocracia y la actual izquierda identitaria y punitiva se conectan. No porque ambas sean exactamente lo mismo ni porque esa izquierda proceda de la socialdemocracia en su totalidad, sino porque comparten una misma idea fundamental: que detrás de decisiones aparentemente libres prevalecen estructuras y relaciones de poder que el Estado debe identificar y corregir.

Es cierto que la izquierda identitaria tiene otras influencias y que no todo llegó desde Estocolmo en paquetes de Amazon. Pero encontró en las socialdemocracias europeas una maquinaria perfectamente engrasada especializada en la transformación social.

Ya se había aceptado que las decisiones aparentemente libres de los individuos podían estar condicionadas por estructuras de dominación. Que la igualdad jurídica era insuficiente si persistían los resultados no igualitarios. Que los expertos debían descubrir coerciones que el propio individuo era incapaz de percibir. Y, sobre todo, que el Estado tenía el deber moral de desmontar las estructuras de poder ocultas en la sociedad.

Cuando todo eso ya ha sido aceptado, el salto desde la desigualdad económica hasta la transformación de las relaciones sexuales, familiares o culturales se acorta considerablemente.

Por eso me resulta llamativo que personas que combaten acertadamente los excesos de la corrección política o las abusivas políticas de género conserven una imagen casi virginal de la socialdemocracia. Como si todo aquello hubiera caído del cielo o lo hubiesen traído bajo el brazo revolucionarios recién salidos de la facultad de Políticas, mientras la vieja y entrañable socialdemocracia se dedicaba inocentemente a gestionar centros de salud.

No fue así. La socialdemocracia fue una de las grandes ideologías constructivistas del siglo XX.

Pero, claro, siempre quedará el recurso al argumento definitivo si solo queremos ver sus bondades: la socialdemocracia funcionó.

Europa vivió después de la Segunda Guerra Mundial las mejores décadas de su historia. Prosperó y progresó en 70 años mucho más que en los 700 anteriores. Y aquel periodo único terminó asociándose hasta tal punto al consenso socialdemócrata que ambas cosas acabaron confundiéndose: Europa había prosperado mientras el Estado del bienestar se reproducía en todas partes, luego había prosperado gracias a él.

La socialdemocracia había ido mucho más allá de los partidos que se definían como tales. Sus grandes estandartes —redistribución, planificación, expansión del gasto público y bienestar social— habían alcanzado también a democristianos, conservadores y liberales. Por decirlo a la manera de Hayek, había socialdemócratas en todos los partidos.

De esa corriente nació una conclusión que con el tiempo ha adquirido categoría de verdad: la socialdemocracia había producido aquellas décadas extraordinarias de paz, prosperidad y progreso. Incluso se suele afirmar que terminó muriendo precisamente de éxito.

Pero se confunde una coincidencia histórica con su causa.

Europa entró después de 1945 en unas circunstancias excepcionales. Había que reconstruir un continente arrasado por la guerra. Existía abundante mano de obra. La población crecía. La energía era barata y abundante. La productividad aumentaba a ritmos que hoy parecen ciencia ficción. Europa aplicaba nuevas tecnologías, incorporaba trabajadores procedentes de sectores poco productivos a la industria y potenciaba el comercio. Precisamente, en la literatura económica se llama «edad dorada» al periodo que va de 1950 a 1973.

Europa, además, contaba con una gran potencia que la financiaba y protegía, Estados Unidos. Mientras que al otro lado del muro estaba la URSS, que contribuía involuntariamente a mantenerla unida.

Durante décadas todos esos factores sumados constituyeron un viento formidable. Y la socialdemocracia, que estaba al timón, acabó adjudicándose el mérito de ese viento.

Mientras la bonanza económica continuó, la socialdemocracia europea pudo aumentar el gasto y multiplicar derechos sin que casi nadie reparara en sus costes. La factura del Estado crecía, pero también crecía la prosperidad que la pagaba.

La crisis de los años 70 fue el punto de inflexión. El crecimiento económico se desaceleró bruscamente al mismo tiempo que caían el crecimiento demográfico y la productividad. Pero la socialdemocracia no se cuestionó. Si acaso, los gobiernos aplicaron recortes coyunturales, pero, en general, recurrieron al endeudamiento para sostener el modelo. Más allá de un breve paréntesis liberal sin demasiada proyección en Europa, así continuó hasta que, en los años 90, como un pícaro guiño de la Historia, la cuna de la socialdemocracia, Suecia, empezó a cambiar de rumbo.

Tras la grave crisis de comienzos de esa década, Suecia reformó impuestos, pensiones, mercados, regulación y gasto público. Pero ese giro no se agotó en los 90. El Gobierno sueco sigue profundizando en reformas destinadas a hacer que trabajar resulte más rentable que vivir del asistencialismo del Estado.

Pero sería un error detener aquí la historia. Porque si la socialdemocracia fue mucho más que un modelo económico, tampoco podemos juzgar su trayectoria mirando únicamente impuestos, pensiones, regulación o PIB. Su proyecto fue mucho más profundo.

Durante décadas, las sociedades europeas fueron avanzando hacia un modelo que consideraba deseable liberar al sujeto de aquellas dependencias que podían condicionar su existencia. La familia tradicional perdió buena parte de sus funciones económicas y sociales, los papeles entre generaciones y sexos fueron sometidos a una transformación deliberada y la autonomía individual terminó convertida en un valor político en sí mismo. Suecia llevó ese proceso especialmente lejos y especialmente pronto, pero no quedó encerrado dentro de sus fronteras.

El ideal era un individuo capaz de sostenerse por sí mismo, sin depender de su pareja, de sus padres o de sus hijos. Y para hacerlo posible el Estado fue asumiendo una parte creciente de las funciones que antes descansaban sobre esos mismos vínculos.

Medio siglo después, buena parte de Europa se encuentra con una paradoja imposible de ignorar.

No puede atribuirse la soledad contemporánea a una sola causa, y menos aún a una sola ideología. Han cambiado el trabajo, las ciudades, la tecnología, la movilidad, las costumbres y hasta la manera de relacionarnos. Pero el fenómeno existe y avanza precisamente en unas sociedades que durante décadas hicieron de la autonomía personal uno de sus grandes ideales.

El proceso viene de lejos. Desde los años sesenta, Europa ha experimentado una transformación extraordinaria de la familia. Los hogares se hicieron más pequeños y vivir solo, antes minoritario, fue convirtiéndose en una forma normal de existencia. En 1960 los hogares unipersonales rondaban el 20% en países como Francia, Alemania o Suecia y apenas el 12% en los Países Bajos. Veinte años después representaban ya el 31% en Alemania y el 33% en Suecia. Hoy superan ampliamente el tercio en buena parte del norte y oeste de Europa y rondan o superan el 40% en países como Alemania, Suecia, Dinamarca, Finlandia o Noruega.

También se encogió físicamente el hogar. En Dinamarca pasó de albergar una media de tres personas en 1960 a poco más de dos al comenzar este siglo; en Noruega cayó de 3,3 a 2,2. Mientras tanto, en el conjunto de Europa la tasa de matrimonios se ha reducido a menos de la mitad desde 1964 y la de divorcios se ha duplicado.

Este proceso de desvinculación ha continuado. Entre 2006 y 2022 también cayó con fuerza la frecuencia con que los europeos se encuentran físicamente con familiares y amigos. Es decir, no sólo vivimos cada vez más separados: también nos vemos menos.

El problema ha adquirido tal dimensión que ya no se considera un asunto privado. Alemania, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos, Suecia y España han puesto en marcha estrategias nacionales contra la soledad. El Reino Unido llegó antes incluso a crear un ministerio para combatirla.

Hay cierta ironía histórica en todo esto. Durante décadas se trabajó para que el individuo necesitara cada vez menos a quienes tenía alrededor. Ahora los Estados empiezan a preguntarse cómo conseguir que vuelva a tener a alguien alrededor.

Suecia proporciona algunas imágenes particularmente duras de este proceso de desconexión. Sólo en 2025 fueron encontrados allí centenares de cadáveres de personas que llevaban más de un mes muertas en sus casas. En años anteriores habían aparecido casos todavía más extremos: personas cuyo fallecimiento pasó inadvertido durante años mientras alquileres y facturas continuaban pagándose automáticamente.

No hace falta convertir esos muertos en un arma estadística contra la socialdemocracia. La imagen tiene suficiente fuerza por sí sola como para incurrir en la demagogia. El individuo había llegado a ser tan gloriosamente autónomo que podía desaparecer sin alterar el funcionamiento de nada, ni siquiera la tranquilidad de sus vecinos o familiares que, también gloriosamente independizados, habían olvidado su existencia.

Aquí regresamos al inicio de este artículo: al error de reducir la socialdemocracia a sanidad pública, educación y pensiones. Aquella ideología no se propuso simplemente proteger al individuo de la necesidad. Se propuso también eliminar sus vínculos humanos por considerarlos expresiones de una opresión estructural.

Pero los vínculos tienen una cualidad que la ingeniería social parece despreciar. Puede que en cierta forma limiten nuestra libertad, pero al mismo tiempo nos humanizan, nos proporcionan sentido de pertenencia y nos sitúan en el mapa de la vida.

Una familia obliga. Un matrimonio obliga. Tener hijos obliga. Cuidar de unos padres ancianos obliga. Una comunidad está hecha precisamente de compromisos, lealtades y cargas que nadie elegiría si el único criterio fuera flotar en el vacío, sin rozarse con nadie, sin necesitar a nadie, sin querer a nadie y sin que nadie nos quiera.

Durante mucho tiempo llamamos emancipación a eliminar esas dependencias porque sólo mirábamos lo que nos impedían hacer o peor, aquello que nos obligaban a hacer por los demás.

El drama surge cuando el vínculo desaparece y descubrimos que también desaparecía con él alguien al que importábamos, que preguntaba dónde estábamos, que esperaba nuestra llamada y que podía advertir que llevábamos una semana sin salir de casa.

Quizá ésta sea una de las grandes cuentas pendientes de la socialdemocracia.

No se trata de regresar a una sociedad arcaica, donde cada persona esté atrapada para siempre en su familia, su sexo o la comunidad donde nació. Se trata de algo muy distinto: reconocer que la autonomía absoluta puede ser una forma sofisticada y al mismo tiempo brutal de desamparo.

«La socialdemocracia fue un invento estupendo», escribió Juan Soto Ivars. Quizá el problema sea que durante demasiado tiempo hemos llamado socialdemocracia solamente a la parte del invento que nos gusta.

¿Por qué ser pequeño mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300 episodios disponibles) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.

Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho. Muchas gracias.

¡Hazte mecenas!