Quentin Tarantino ha realizado una película que parece la obra de un mitómano ex empleado de videoclub, la de un hombre obsesionado con mezclar la cotidianeidad con lo extraordinario, y el amor con la violencia. Es la obra de una persona que recrea los sueños de un loco y nos los echa a la cara como si fueran pedazos de realidad. Es, en definitiva, una obra de arte.

Si es buena o no, lo dejo al arbitrio de cada cual. Excepción hecha, claro está, de los marxistas. Ellos creen que el valor lo determina el trabajo contenido en la producción, de modo que dos marxistas no pueden otorgar un valor distinto a una misma película. Pero las personas normales sí podemos hacerlo, y nos gusta ejercer ese privilegio burgués de ver cine y criticarlo como si fuésemos empleados de un videoclub.

Cada nueva película de Tarantino es un acontecimiento, y eso que las ha hecho francamente malas. Los odiosos 8 está a la altura de Alien vs. Depredador: el espectador desea la pronta y dolorosa muerte de todos los protagonistas.

La película, no lo he dicho, se titula Once upon a time in Hollywood. Recuerda el asesinato de Sharon Tate a manos de Charles Manson y sus secuaces. Manson revistió el odio hacia los demás como el sacerdocio de un culto personal, transido de drogas, sexo y violencia. Le faltó ambición; si hubiese hecho de su culto un movimiento de masas, con crímenes también masivos, estarían sus entusiastas dando lecciones de moral desde los programas de infotainment de La Sexta.

No les llamamos locos porque profesan la religión oficial. Juzgan las obras de ficción como a la realidad porque quieren que la realidad se amolde a su mundo de ficción. No les alcanza la inteligencia para distinguir ambas

Los que compartimos el gusto de Tarantino por Sam Peckimpah le estamos muy agradecidos. Pero no todos los espectadores tienen afición por el cine, qué le vamos a hacer, y hay quien ve las pantallas, grandes y pequeñas, desde el punto de vista de una secta moderna que, como todas, tiene cientos si no miles de años.

Una Joelle Monique, en The Hollywood Reporter, informa a sus lectores de que Tarantino debe quedar en el lado oscuro del #MeToo. El motivo es que en sus películas, según la perspicaz Monique, los asesinatos de mujeres son motivo de risa, como la del personaje de Bridget Fonda en Jackie Brown o Jennifer Jason Leigh en Los odiosos 8. Aparte del hecho de que yo no quiero estar cerca cuando se ría Monique, quizá haya perdido un poco la perspectiva, viendo los grandiosos personajes femeninos que ha creado Tarantino en su filmografía. Uno de ellos el de Jackie Brown, por cierto.

La revista Jezebel recoge el momento en el que una periodista critica que la Sharon Tate interpretada por Margot Robbie apenas dice unas cuantas frases; una crítica que ya le había hecho The New York Times en mayo. Como si el peso del personaje dependiese de eso. En El silencio de los corderos, por ejemplo, el jefe de la agente Starling habla más que su confesor, Hannibal. Además, por supuesto, de que puede darle al personaje de Tate la relevancia que le dé la gana. En un juicio cargado de ironía, la revista le acusa de quitarle al personaje de Tate su vida interior. De creer lo que dice el artículo, Tarantino sería un misógino y machista que repite el tópico de la mujer desvalida frente al hombre salvador.

Roy Chacko, en The Guardian, informa a sus lectores de que Tarantino ha pasado a estar en el lado oscuro del culto al #MeToo. “Es hora de anular a Quentin Tarantino”, dice sin ambages, porque su filmografía ha mostrado “una violencia extrema hacia los personajes femeninos”. Al parecer Chacko no ha visto Reservoir Dogs, que es un baño de testosterona y sangre. No voy a hacer la estadística de muertos en su filmografía por sexos ni hace falta insultar a los lectores, como hace Chacko. No deja de ser contradictorio lanzar esa crítica a Tarantino. Las mujeres han ido ganando protagonismo en sus películas, y es eso lo que le lleva  a muchos a acusarle de misoginia.

Lo peor de todos estos juicios es la estupidez. Miran al mundo con anteojeras, con miedo a verlo en toda su complejidad. Con la pequeña y reconfortante certeza de los zelotes, que comprueban si cada acontecimiento encaja o no en su catecismo de una sola página. Se indignan cuando el mundo no les hace caso. No les llamamos locos porque profesan la religión oficial. Juzgan las obras de ficción como a la realidad porque quieren que la realidad se amolde a su mundo de ficción. No les alcanza la inteligencia para distinguir ambas; para comprender estas palabras de Quentin Tarantino, del año 1994: “Si me preguntas qué pienso sobre la violencia en el mundo real… bueno, tengo muchos sentimientos al respecto. Es uno de los peores aspectos de los Estados Unidos. En las películas, la violencia mola. A mí me gusta (…) Las películas son películas”. Y los cultos sectarios… son lo que son.

Foto: Georges Biard


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1 COMENTARIO

  1. Buena crítica a la crítica, señor Rodríguez.
    No seré yo el que niegue que tiene más razón que un santo.
    Ahora bien, hablando de santos y creencias. ¿Serán las muchas hojas de los que no eran zelotes las que defendieron Jerusalén del invasor romano?
    ¿No ha sido una vocación católica la de señalar artistas?
    ¿No siguen interponiendo demandas a artistas por ofensa al sentimiento religioso?
    Extienda su acertada crítica al movimiento patrio de regeneración espiritual que considera la educación, conforme a las creencias de los padres, un derecho fundamental y pilar de la libertad.
    Al pobre Tarantino, una ínfima parte de la prensa le trata mal. Por aquí, más allá de la prensa, tenemos a los tribunales, sin demasiada excepcionalidad, convencidos de que es necesario proteger a los zelotes y gracias al democrático y liberal Santo Concordato, nuestros presupuestos apuntalan su credo.
    En fin, pobre Tarantino.
    Un saludo