En medio del inmenso horror que ha provocado en toda España el mortífero fallo de seguridad del sistema de control del AVE en la línea de Andalucía, puede que se esté abriendo una rendija de luz mediante el ingenio popular, ayudado ahora por las increíbles posibilidades de la IA.

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Me refiero a una estupenda viñeta que ha circulado con profusión por las redes en la que se ve a un vociferante ministro de Transportes, que como se sabe, en lugar de ser un ministro responsable se ha dedicado a comportarse como un avezado profesional del género satírico, al que un estupendo dibujante y caricato, que firma como Retromero con el añadido de unas gafas, ha hecho un retrato de cuerpo entero: en ella se ve a Puente vociferando: “No es culpa del Partido Socialista, es culpa del obrero español”.

Una maniobra tan asquerosa deja ver con toda claridad cómo esa superchería dizque socialista no sirve para otra cosa que para que Puente pueda jugar al golf en campos aristocráticos

Me perdonarán mis pacientes lectores si recurro al tópico de que una imagen vale más que mil palabras, porque entiendo que esta viñeta descubre mejor que muchos textos la verdadera naturaleza política del personaje retratado y de su superior, sus colegas y sus esbirros. A este punto hemos llegado exactamente con el sanchismo y ha bastado el golpe de genio de un buen caricato para poner de manifiesto la basura moral, la indignidad personal y el cinismo salvaje que exhibe este personaje siniestro.

Que un representante del más alto nivel de un partido que se proclama socialista se atreva a eximirse de cualquier culpa en lo ocurrido y recurra a rebuscar, con ayuda de sus palafreneros, a un trabajador al que cargar con la gravísima responsabilidad de ser el causante directo de unas decenas  de muertos, es de una indignidad miserable que echa por tierra cualquier suposición de que a estos socialistas de la cuerda sanchista les quede el menor interés por el bienestar de los trabajadores, por aliviar sus problemas o por procurarles educación, sanidad o vivienda.

Una maniobra tan asquerosa deja ver con toda claridad cómo esa superchería dizque socialista no sirve para otra cosa que para que Puente pueda jugar al golf en campos aristocráticos, conducir vehículos de alta gama y, por descontado, para que su superior Sánchez, al que aspiraba a suceder, pueda pasarse unas vacaciones en La Mareta que debieron parecer excesivas a cualquier Mohamed.  Puente ha visto amenazado su privilegio, obtenido a base de engaños miserables, y en un descuido que haría las delicias de Freud, ha dejado que asome su auténtico talante. Este episodio y las joyas de Zapatero debieran ser pura pedagogía para las más duras molleras, pero ya veremos.

La desvergüenza necesaria para que el responsable de un desaguisado monumental, como lo es la destrucción sistemática de la fiabilidad, el prestigio y la seguridad del ferrocarril español, tenga el cuajo de atribuir el choque de los trenes en Urda a un supuesto error de un modesto operador del sistema es de un tamaño incomparable. Si un ministro de derechas hubiera hecho algo similar, sería igualmente censurable, pero al menos no constaría que ese ministro hubiese dicho que todos sus afanes se han dedicado a defender a la clase obrera de las garras del capital. Cuando lo hace un izquierdista más progresista que nadie, no queda simplemente desnudo, como el rey del cuento de Andersen, sino que deja claramente al descubierto su condición mentirosa, avariciosa y trepadora, su idea de para qué sirve la clase obrera: para que él pueda vivir opíparamente a su costa.

Una lista sumaria de las responsabilidades de Puente en este asunto, incluiría las siguientes: liberalizar apresuradamente y sin los estudios necesarios la línea de Andalucía; permitir que en ella operen modelos de tren mucho más pesados que los hasta ese momento homologados, lo que ocasionaría inevitablemente un serio perjuicio a la vía; autorizar a que se improvise un sistema de control para los trenes de Iryo que venían dotados de un sistema más moderno y eficaz y poder encajarlos en la vía andaluza casi a martillazos; no renovar un sistema de seguridad obsoleto y mentir sistemáticamente a la opinión pública y a organismos europeos afirmando que ya se había llevado a cabo una sustitución que fue aprobada y presupuestada nada menos que en 2021; dilatar por años la puesta en servicio del sistema de control de tráfico que hubiera evitado este último desastre; acosar a los operadores para que agilicen la circulación de los trenes que ayudaría a evitar la pésima imagen del servicio ferroviario bajo su triste mandato; promover la sustitución en el gobierno de Adif, entidad encargada de la red ferroviaria y de su seguridad, de los directivos con formación técnica por personajes sin experiencia ni capacidad de negarle al ministro ninguno de sus costosos caprichos.

Además de todo eso no renovar una infraestructura ya muy machacada porque ha pasado de soportar muy pocos trenes al día a tener tráficos circulando en horas punta a menos de siete minutos entre tren y tren. Esto causó el desastre de Adamuz que Puente se apresuró a atribuir al descuido de un soldador, aunque al menos no citó por su nombre, y no sigo porque, con la mitad de lo dicho, en un país más exigente que el nuestro es seguro que Puente estaría ya bajo control y acompañado por algún agente de la autoridad.

En su última aparición ante la prensa, Oscar Puente se ha atrevido a hacerse el perseguido, ha presumido de estar afrontando un calvario, como si lo grave que hubiese sucedido no es que hayan muerto decenas de personas sino que un ministro del serenísimo y dignísimo gobierno de Sánchez estuviese siendo injustamente hostigado por la irresponsabilidad de un controlador, aunque ese empleado público pueda ser con alta probabilidad, un compañero de la UGT.

Puente ha dispuesto de más dinero que ningún ministro anterior y habrá que investigar con paciencia qué ha pasado con los fondos europeos destinados a seguridad y modernización de la red ferroviaria, porque es evidente que no han servido para evitar el deshonroso récord mundial de mortalidad ferroviaria que nos ha dejado en herencia, un registro que, si se considera que se ha logrado en menos de diez meses, alcanza niveles legendarios que nadie logrará superar en siglos venideros, a no ser que este Puente consiga continuar al frente del negocio tras las elecciones del próximo día 29.

Puente afirmó repetidas veces que el ferrocarril español estaba, bajo su mandato, en el mejor momento de la historia. Por favor, que, en ninguna circunstancia, pueda seguir mejorándolo.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web