«Esta película está dedicada a las miles de víctimas de violación y asesinato en Europa que fueron traicionadas por nuestro sistema judicial». Este es el mensaje que aparece en pantalla al final de «Citizen Vigilante» (Ciudadano justiciero): un mensaje crudo, sí, pero que no tiene nada que ver con la ficción y mucho con la realidad.

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Una realidad que muchos vieron por primera vez en la Nochevieja de 2015 en Colonia y otras ciudades alemanas, y que obligó a las autoridades y los medios a hablar de una verdad incómoda cuando más de mil mujeres fueron robadas, abusadas sexualmente o violadas por grupos de hombres, en su mayoría extranjeros y entre los que había solicitantes de asilo e inmigrantes ilegales. Un año antes, en 2014, el informe Jay sacó a la luz lo ocurrido en Rotherham entre 1997 y 2013, donde al menos 1400 menores fueron explotadas sexualmente ante la pasividad de las autoridades por las llamadas «grooming gangs», formadas en su mayor parte por hombres paquistaníes. Este caso resultó ser la punta del iceberg, y un nuevo informe presentado el 16 de junio de 2026 por el diputado independiente Rupert Lowe y encabezado por la superviviente Sammy Woodhouse, estima que, desde la década de los 50, al menos 250000 niñas británicas fueron víctimas de explotación sexual sistemática por parte de estas bandas. Así que no, esta película no habla de ficción o de fantasía, habla de lo que estamos viviendo en Europa en la actualidad.

Es como si viviéramos en un entorno político completamente demencial y absurdo, sobre todo en Europa, donde la gente ha perdido por completo el norte. Hay una enorme diferencia entre el llamado «discurso de odio» y apuñalar a alguien en el cuello. Pero los hechos ya no importan

Apenas han transcurrido cinco minutos del inicio de la película, y vemos con toda su crudeza a un extranjero degollando a una madre que lleva a su hijo de la mano. Una vez más, no estamos hablando de algo que ocurre en la ficción —en menos de un mes se han producido dos ataques parecidos con arma blanca, uno en Suiza y otro en Irlanda del Norte. De hecho, un detalle de la película, rodada en Zagreb, es que no especifica en qué país se desarrolla la historia; podría ser cualquier país occidental. Como sucedía en «El justiciero de la ciudad», de 1974, un hombre surge para poner fin a todo esto, pero este nuevo Charles Bronson, Armie Hammer, es un exsoldado americano de pelo rubio y ojos azules llamado Sanders. Decidido a hacer justicia, Sanders ejecuta a los criminales, se enfrenta a la policía y también castiga a los jueces que ponen a los violadores y asesinos en libertad.

Como era de esperar, la película no ha sido bien recibida, especialmente en Alemania, el país de origen de su director Uwe Boll. De hecho, «Citizen Vigilante» ha sido prohibida por su violencia extrema y un supuesto mensaje contra los inmigrantes. En una entrevista para «The Telegraph», Boll explicó que su película está basada en un caso real ocurrido en Hamburgo en 2016, en el que una chica de 14 años fue violada y dada por muerta por un grupo de adolescentes que, al final, no pisaron la cárcel: «Si nos fijamos en lo que ocurrió en Hamburgo, donde los violadores quedaron en libertad sin recibir ningún castigo, la cobertura de los medios fue del tipo: “Ay, los pobres agresores”. Es como si viviéramos en un entorno político completamente demencial y absurdo, sobre todo en Europa, donde la gente ha perdido por completo el norte. Hay una enorme diferencia entre el llamado «discurso de odio» y apuñalar a alguien en el cuello. Pero los hechos ya no importan».

Boll negó que su película sea un alegato a favor de la violencia, sino que se trata de una advertencia que debe tomarse en serio: «No me sorprenden los disturbios que vi el otro día en Belfast. Al fin y al cabo, esto es lo que pasa cuando se ignora a la gente, y eso es lo mismo que ocurre en mi película. No apruebo ningún tipo de violencia —es inaceptable y estoy en contra de ella en cualquiera de sus formas—, pero creo que la gente simplemente está diciendo: “Ya basta”».

La misma advertencia la repite Sanders al final de la película, cuando llama al inspector de la Interpol que infructuosamente ha intentado detenerlo para que entregue el siguiente mensaje a sus superiores: «Si los políticos que os pagan no luchan contra el islamismo y la izquierda woke, la población pronto hará lo mismo que yo y llevará a cabo una gran limpieza». La advertencia no está fuera de lugar y no son pocos los lugares en los que los ciudadanos han decidido tomarse la justicia por su mano tras años de ser ignorados por sus propias instituciones, más preocupadas por no salirse de los márgenes de lo políticamente correcto que de proteger a sus ciudadanos.

Hace unos días Keir Starmer se despedía lloriqueando mientras anunciaba su dimisión como primer ministro británico. No lloró ni se arrodilló por el joven británico Henry Nowak, que murió mientras decía a los policías que lo esposaban que no podía respirar; se resistió a elaborar un informe nacional sobre los miles de niñas y jóvenes británicas violadas por las ‘grooming gangs’; y no derramó una lágrima por los ciudadanos británicos enviados a prisión por criticar la inmigración en las redes sociales.

El desprecio de políticos como Starmer hacia sus propios ciudadanos —y la acusación de extremista a todo aquel que se atreva a decir que el rey está desnudo— ha generado una desconfianza absoluta hacia un Estado y unas instituciones cada vez más fallidas e incapaces que, para combatir el racismo, discriminan a la mayoría de la población. Lo mismo podemos decir de los grandes medios de comunicación, que han hecho malabares para ocultar la realidad y que califican de ‘enfermedad mental’ los numerosos casos en los que personas de religión musulmana apuñalan y atropellan a ciudadanos europeos. Es muy probable que esta película sea prohibida en otros países europeos —lo que sin duda multiplicará el interés por ella— pero la realidad seguirá obstinadamente ahí, y con ella la posibilidad de que surjan uno o muchos ciudadanos justicieros en un futuro cada vez más cercano.

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