La posible financiación irregular del PSOE mediante cupos de petróleo venezolano obliga a mirar algunos acontecimientos recientes con una preocupación mucho mayor. También obliga a revisar el ascenso internacional de Pedro Sánchez y, en particular, su nombramiento como presidente de la Internacional Socialista en noviembre de 2022. Hasta ahora, Moncloa podía presentar ese movimiento como una medalla partidista, una plataforma de prestigio o la coronación de una carrera política que impulsa a Pedro Sánchez a la órbita internacional. Pero a medida que las investigaciones relacionan a José Luis Rodríguez Zapatero con operaciones vinculadas al petróleo, el tráfico de divisas, las sociedades interpuestas, las comisiones y las mediaciones internacionales, esa presidencia deja de ser un simple colofón biográfico. Empieza a parecer el activo de una guerra híbrida.
La cuestión no es únicamente si una parte de los recursos procedentes de Venezuela pudo alimentar la maquinaria política del PSOE y una red de relaciones clientelares o negocios privados en Madrid. Eso importa, desde luego, pero dese la perspectiva de la contrainteligencia eso sería la capa superficial, el cebo para distraer a los reguladores y al público en general. El enfoque de los analistas plantea una pregunta bastante más conflictiva: ¿de verdad son episodios aislados la proyección internacional de Sánchez, la actividad transnacional de Zapatero, las operaciones empresariales en países del Sur Global, la relación privilegiada con Caracas y la creciente presencia china en España, África e Iberoamérica? ¿O en realidad responden a un patrón de penetración estratégica muy bien planificado?
La posible financiación irregular del PSOE mediante cupos de petróleo venezolano, si termina acreditándose en los tribunales, no sería entonces una historia de corrupción partidista convencional, un caso más de testaferros, contables, secretarias y cuentas en paraísos fiscales. Sería una pieza perfectamente engrasada de una maquinaria de incentivos mucho más amplia y peligrosa
Como explicaba el exdirector de la CIA y de la NSA, Michael Hayden, el espionaje y la influencia en el siglo XXI ya no consisten en robar secretos, sino en modelar el entorno del adversario sin que este lo note, disfrazando la subversión de mero intercambio comercial e intereses compartidos. Analizados desde esa perspectiva, los incentivos de la cadena operativa son bastante claros. Zapatero puede conseguir negocios, comisiones, honorarios y una condición privilegiada de mediador entre gobiernos, empresas y operadores internacionales. Sánchez puede ganar notoriedad, construirse una imagen como líder transnacional y utilizar la Internacional Socialista como plataforma de proyección exterior. Empresarios, comisionistas y conseguidores del entorno de ambos pueden obtener contratos, licencias, materias primas, acceso a gobiernos o protección política. Pero esos beneficios, por llamativos que sean, son secundarios. Son el pago inmediato y mundano a los eslabones de la cadena de la operación.
Existe, sin embargo, un actor que obtiene beneficios a una escala mucho mayor, un jugador que maniobra en el horizonte del largo plazo sin tener que aparecer en cada contrato anotado en una servilleta, ni figurar en cada sociedad pantalla domiciliada en un paraíso fiscal, ni constar en el asiento contable de cada transferencia. Le basta con que el resultado total de esas operaciones le abra mercados, asegure suministros, facilite acceso a gobiernos occidentales, permita colocar tecnología, adquirir activos estratégicos, controlar infraestructuras críticas y, finalmente, convertir las dependencias económicas de todos esos países en influencia política pura y dura. Ese actor es China.
China no necesita que Zapatero sea un agente de sus servicios de inteligencia. Tampoco necesita que Sánchez reciba instrucciones directas desde Pekín, ni que la Internacional Socialista esté controlada ideológicamente por el Partido Comunista Chino. La influencia verdaderamente eficaz en el siglo XXI no necesita órdenes explícitas o recurrir al clásico chantaje de las películas de espías. Funciona de otro modo, mucho más sutil y más peligroso: mediante la concertación de intereses, intermediarios locales, exdirigentes occidentales con una agenda propia, empresas necesitadas de puertas traseras y gobernantes dispuestos a confundir el libre comercio con la pérdida de soberanía. El resultado de esta nueva estrategia, bastante más sofisticada que la de la vieja KGB, es mucho más productiva que una subordinación diplomática tradicional.
En este juego a tres bandas, Venezuela aporta los recursos opacos, los cupos de petróleo, unas estructuras estatales acostumbradas a moverse bajo el radar de las sanciones internacionales y una red de contactos políticos construida a la sombra del socialismo bolivariano. España aporta el acceso institucional, la influencia en la Unión Europea, cobertura diplomática, prestigio político y una red partidista y élites influyentes. China, por su parte, aporta la financiación masiva, la capacidad industrial, las empresas estatales, la tecnología de vanguardia, los compradores para esas materias primas bajo sanción y una estrategia geopolítica de largo plazo. Cada parte obtiene algo en el reparto, pero China obtiene lo más importante de todo: capacidad.
Capacidad para asegurarse recursos energéticos y minerales vitales para las próximas décadas. Capacidad para expandir sus corporaciones estatales en sectores estratégicos. Capacidad para convertir contratos comerciales aparentemente rutinarios en presencia permanente en el exterior. Capacidad para transformar la deuda, la dependencia comercial o las exigencias de la transición verde en herramientas de influencia política. Capacidad, en definitiva, para reemplazar gradualmente a Occidente en el espacio que Pekín denomina el Sur Global.
Visto bajo esta luz, la presidencia de Sánchez en la Internacional Socialista adquiere una relevancia que hasta ahora la prensa ha reducido a mera diplomacia de partido. La realidad es que Sánchez no preside una asociación puramente protocolaria del viejo socialismo. Preside una estructura con terminales en decenas de países de África, Iberoamérica, Asia y Oriente Medio, que coinciden exactamente con las regiones donde China libra desde hace años una batalla paciente y silenciosa para cooptar mercados, materias primas, corredores logísticos, contratos públicos, alianzas diplomáticas e influencia en organismos internacionales.
La Internacional Socialista puede ofrecer algo que los yuanes de Pekín no pueden comprar de forma descarada: legitimidad política indirecta. Ofrece puentes de plata con partidos en el poder, gobiernos de izquierda, sindicatos, fundaciones, think tanks, foros multilaterales, empresarios locales y élites de la administración pública. Pekín no necesita controlar esta estructura manu militari; le basta con que sus intereses encuentren dentro de ella interlocutores, socios y pasadizos discretos que no disparen las alarmas de la contrainteligencia local. Ahí es donde España deja de ser simplemente un país europeo con relaciones comerciales con China y se convierte en la cabeza de playa de Pekín en el codiciado Sur Global.
El caso de Bolivia ayuda a entender este método de infiltración silenciosa. Según un informe de la UDEF, Zapatero habría realizado gestiones ante el Gobierno boliviano para que el grupo peruano Gloria, propietario de la cementera Soboce, eludiera una multa de alrededor de cien millones de euros. Según la investigación, el expresidente habría cobrado 200.000 euros a través de Focus Social Research SAC, una entidad que, siempre según la investigación en curso, actuó como sociedad pantalla para camuflar una operación de pura influencia. El informe señala además contactos al más alto nivel con el presidente boliviano, ministros, altos cargos y miembros de su entorno más cercano.
El caso, por ahora, no acredita nada jurídicamente. Que el Grupo Gloria o Soboce mantengan relaciones comerciales con corporaciones chinas no convierte automáticamente la mediación de Zapatero en una operación diseñada desde Pekín; eso requeriría pruebas muy específicas y que, francamente, son muy difíciles de obtener, dada la compleja arquitectura de este tipo de mediaciones. Pero evidencia algo que por sí solo debería alarmar: la capacidad de un expresidente del Gobierno español para operar como un intermediario político transnacional en una zona gris del Sur Global, movilizando prestigio, contactos, antiguos cargos institucionales y relaciones diplomáticas al servicio de intereses poco o nada claros.
Eso es precisamente lo que interesa analizar a desde la perspectiva de la seguridad nacional: no solo cada operación por separado, sino la red humana y societaria que las hace posibles. Un expresidente español, que se mueve en el exterior sin control alguno, abre puertas en Bolivia, Venezuela, China o África para empresas que necesitan interlocución política al más alto nivel. Un Gobierno español intensifica en paralelo su relación bilateral con Pekín y normaliza la presencia de intereses chinos en sectores estratégicos de España. La Internacional Socialista presidida desde Madrid proporciona una red de contactos políticos en las mismas regiones que China considera fundamentales para su expansión. Empresas estatales chinas, o corporaciones aparentemente privadas pero sujetas a la estrategia exterior del Estado chino, encuentran de pronto oportunidades de oro en energía, telecomunicaciones, puertos, logística, minerales críticos, movilidad eléctrica, infraestructura y digitalización profunda.
Cada pieza del puzle puede tener una explicación separada de cara a la opinión pública. Cada viaje oficial puede justificarse en la agenda. Cada contrato puede presentarse como un simple negocio privado. Cada foro internacional puede invocar la cooperación, la transición verde, el desarrollo sostenible, la justicia climática o el diálogo entre civilizaciones. Pero para cualquier análisis de inteligencia, la acumulación y la sinergia son el mensaje.
Cuando Venezuela pone el petróleo, la opacidad financiera y las conexiones políticas; cuando España aporta la legitimidad democrática, la vitola de potencia europea, el acceso a la UE y las redes de mediación transnacional; y cuando China aporta el dinero, la tecnología, las empresas y la estrategia, la pregunta clave ya no es quién cobró una comisión. Es quién se queda con la parte del león de lo que parece operación de penetración geopolítica de largo plazo, sofisticada y propia del siglo XXI.
Y la realidad es que quien gana posiciones casi irreversibles en países ricos en energía, minerales y materias primas es China. Quien encuentra mercados cautivos para sus empresas estatales y sus gigantes tecnológicos en suelo europeo es China. Quien convierte los proyectos de infraestructuras en herramientas de dependencia financiera y política a largo plazo es China. Quien gana presencia en puertos, redes de distribución, flujo de datos, contratos públicos, corredores comerciales y decisiones regulatorias de Europa es China. Solo China acumula ventajas estratégicas que no duran una legislatura ni se neutralizan con una comisión de investigación parlamentaria: son ventajas que duran décadas.
La posible financiación irregular del PSOE mediante cupos de petróleo venezolano, si termina acreditándose en los tribunales, no sería entonces una historia de corrupción partidista convencional, un caso más de testaferros, contables, secretarias y cuentas en paraísos fiscales. Sería una pieza perfectamente engrasada de una maquinaria de incentivos mucho más amplia y peligrosa: recursos opacos para quienes los mueven, negocios lucrativos para quienes median, prestigio internacional para quienes legitiman las dictaduras y una ganancia estratégica gigantesca para la superpotencia que busca desplazar a Occidente y ocupar su espacio.
Zapatero puede ganar dinero. Sánchez puede ganar notoriedad internacional. El PSOE puede engordar su maquinaria de poder. Algunos empresarios pueden llenarse los bolsillos con contratas. Pero China gana presencia, capacidad y control. Y esa es la dramática diferencia entre la tradicional corrupción de vuelo corto y una ofensiva geopolítica global de largo plazo.
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