Ha tenido cierta repercusión el discurso, por llamarlo de alguna manera, que pronunció una alumna distinguida de la Universidad Complutense con motivo de lo que parecía un acto académico. Aparte de la notable incapacidad retórica de la alumna, que se suponía ser especialmente brillante, lo que me ha llamado más la atención es su incapacidad de comprender que en la vida social existen ritos y normas que consisten, en último término, en que cuando se habla en representación de alguien lo último que cabe hacer es contar batallitas personales, hablar de “mi madre que me está escuchando” porque es seguro que no todas las madres están presentes.

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En todo un grado de ciencias de la información la alumna no parece haber aprendido que la buena educación exige en muchas ocasiones una cierta despersonalización. Claro es que, para despersonalizar un discurso público, hace falta sentirse integrado en algo que es más que nuestra propia circunstancia personal y eso, primero tiene que existir y luego se tiene que saber poner en palabras. Pues en este caso se mostró que ni lo uno ni lo otro.

Hay una generación de estudiantes que está molesta por su situación, pero no sé si acaba de darse cuenta de que debiera estar seriamente preocupada por su ignorancia y su pasividad

La alumna sí que habló de sus compis y de sus profes, no en verdad para dejarlos bien, sino para culpar al resto del universo de los males que los aquejan, culpa siempre de los demás. En Macbeth, una tragedia que disecciona la ambición política, Shakespeare hizo famosa la descripción de la vida como “una historia contada por un idiota, lleno de rabia y de ira y que no significa nada” y esa podría ser una versión culta de los sentimientos que comunicaba el caótico discurso de la oradora.

Es bastante llamativo que una generación que ha tenido ciertas facilidades para llegar alto en su educación sea tan incapaz de contemplarse con un cierto espíritu crítico. Es verdad que los jóvenes universitarios españoles, en especial los de ciertas titulaciones más nominales que otra cosa, no se encuentran ante un mundo que les reciba con los brazos abiertos y les facilite un brillante porvenir, pero eso lleva pasando ya unas decenas de años y buena parte de los nuevos universitarios continúan apostando por la protesta como forma de integración. Para bastantes de ellos da la sensación de que han interpretado la promesa de asaltar los cielos como una respuesta a aquella demanda dirigida a uno de los grandes caciques de la restauración: «Natalico, colócanos a tós!», pero ni siquiera un centenar de gobiernos amplios como el de Sánchez podría hacerse cargo de semejante hornada. Todo ello muestra el fracaso de una Universidad ensimismada en sus asuntos internos y que usa a los alumnos como munición para mantener sus ridículos privilegios económicos.

Es pasmoso que una alumna escogida no sepa distinguir lo que le pasa de unos pocos pareados sindicales, vulgares y necios, que no sea capaz de hacer una mínima reflexión sobre su condición común, sobre el sentido del trabajo que se supone han estado haciendo durante años en una Universidad pública. Si lo hubiese hecho, se habría ganado el respeto de sus compañeros y la atención de muchos, pero cuando se cree que todo se puede exigir y que la queja y la protesta son los productos más altos de la moralidad y el intelecto pasan estas cosas.

La pereza intelectual que es más común en la Universidad ha dado en concluir que donde tenemos unas universidades menos que mediocres la culpa es de la financiación: “Adiós papá, adiós papá /consíguenos un poco de dinero más / más dinero” como cantaban los Ronaldos. Lo que ocurre, muy por el contrario, es que el volumen del presupuesto dedicado no deja de crecer, sin que se consigan resultados acordes al principio reclamado, hay más gasto, pero no mejores resultados. Es claro que no invertimos cuanto sería conveniente ni en ciencia ni en educación, pero es fácil comprender que lo mucho que gastamos apenas sirve para nada. El Estado es, en este punto, el gran perezoso, no quiere ni asomarse a las dimensiones de este fracaso y trata de disimular gastando un poquito más cada año, pero sin preguntarse si lo que hace ha merecido la pena. Ya pagarán nuestros nietos ese dineral gastado de balde.

La consecuencia es que una buena parte de nuestros universitarios pasa por la Universidad como muchas veces se pasa por la vida, sin apenas caer en la cuenta, y se han hecho rehenes de un análisis de la realidad que es ridículo e infantil y que, además, no sirve sino para asegurar con mayor fuerza los clavos que los sujetan a un fracaso colectivo y de difícil cura. Solo se librarán los muy pocos que hayan aprendido a leer y a estudiar por su cuenta, los que no se conformen con los power point de las clases magistrales y los apuntes de los compañeros algo más aplicados. Pero tampoco se puede culpar a los alumnos de esta enorme estafa. La política educativa lleva mucho tiempo homologando el avance académico con el mero paso del tiempo, de forma que el conocimiento y la capacidad crítica no forman parte de unos objetivos cada vez más inclusivos e inanes, porque para no herir a nadie, para que nadie se quede atrás, se homologa a todos los estudiantes por lo que en común ignoran.

Con excepciones, que las hay, en calidad universitaria nos estamos distanciando no ya de los primeros del mundo, sino, incluso de las universidades más comunes y menos brillantes de la Europa a que pertenecemos. No hace mucho, en una breve estancia en Heidelberg, me asombré al ver salir de un edificio a muchos estudiantes con grandes bolsas y cuando pregunté si esa multitud salía de una tienda me encontré con que la respuesta correcta era que se trataba de alumnos de la universidad que se llevaban a su casa un buen montón de libros para trabajar con ellos. La escena me pareció tan inaudita que no supe identificarla, claro es que porque he visto como la tuna universitaria ensayaba en la biblioteca de una facultad, mientras unos cuantos alumnos pasaban apuntes a limpio pero nunca he visto salir a muchos, ni pocos, alumnos con bolsas de libros de ninguna parte.

Hay una generación de estudiantes que está molesta por su situación, pero no sé si acaba de darse cuenta de que debiera estar seriamente preocupada por su ignorancia y su pasividad, por no haber aprendido a distinguir lo que merece la pena saber de los miles de cuentos bobos que se les cuentan.

Foto: Aideal Hwa.


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web