Quienes hayan leído a Ian Fleming en Goldfinger recordarán lo que el genial villano le dijo a 007: «Señor Bond, tienen un dicho en Chicago: una vez es casualidad, dos es coincidencia, y tres veces es una acción enemiga». En la penúltima tropelía (siempre es la penúltima) cometida contra la educación de este país, la LOMLOE, se menciona hasta en diez ocasiones el «espíritu crítico», señal inequívoca de que el enemigo está a las puertas. Como primera medida de defensa propongo aclarar qué es eso del «espíritu crítico», o, mejor y ya que estamos, el pensamiento crítico, ahora que la expresión circula tan adulterada que corre el riesgo de caer en esa vorágine de desprestigio que se está tragando tantas y tan nobles causas.

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Digamos para empezar que solo hay pensamiento crítico si la verdad existe. Ni siquiera cabría plantearse el asunto si, como le dijo Carmen Calvo a Cayetana Álvarez de Toledo, la verdad solo fuese una postura ideológica. El relativismo absoluto de quienes consideran toda verdad subjetiva es letalmente acrítico. El pensamiento crítico es para personas intelectualmente serias, vale decir, las que saben que la «democracia del conocimiento» no es que todas las proposiciones sean igual de verdaderas, sino algo que no tiene nada que ver con eso: el derecho y el deber de todos de instruirse. La verdad es adecuación a la realidad, y la realidad, sin duda, existe. Naturalmente, es frecuente que la verdad no sea un punto fijo, y a menudo es compleja; pero lo cerca o lejos que una proposición o teoría esté de lo real puede calibrarse, y para eso sirve precisamente el pensamiento crítico, para pesar la verdad.

El culmen del pensamiento crítico es la lucidez, esto es, la capacidad y el coraje de pensar por uno mismo, sin repetir consignas, o lo que es lo mismo, el decoro de tener ideas en vez de ideología. Consiste en cumplir el ideal opuesto al que el revolucionario Gueorgui Piatakov proponía: «Un verdadero bolchevique, si el Partido lo exige, está dispuesto a creer que el negro es blanco y el blanco es negro»

Diremos a continuación que el pensamiento crítico no es una mera actitud, sino un conjunto de saberes específicos. Es decir, no basta con cierta predisposición (menos aún con su usual sucedáneo: una pose), sino que hay que reunir una serie de conocimientos que requieren estudio y ejercicio. Hay que saber lo elemental sobre lógica, dialéctica y retórica, materias que tienen un recorrido de siglos al que se suman avances contemporáneos, y que en modo alguno nos resultan «innatas». Deducción, correlación y causalidad: hay que desarrollar las habilidades que hay detrás de esas palabrejas. Es necesario también entender mínimamente cómo obtiene, manipula y almacena información el cerebro, y qué sesgos y disonancias acechan nuestras conclusiones. En estos términos, se comprenderá que hablar de pensamiento crítico en niños pequeños es una pamema —similar a la de la «filosofía para niños»—. Otra cosa es irles mencionando algunas de estas cosas, para que les vayan sonando, especialmente eso de que «la verdad existe», y que buscarla es un empeño sagrado, en la cuarta acepción de la RAE: «Digno de veneración y respeto».

Puesto que pensar críticamente es erigir esos edificios que llamamos argumentaciones, hay que entender también con qué piezas se cuenta. Hemos de discernir las ideas de las creencias, saber qué es un marco mental y qué una teoría. Y por encima de todo hay que distinguir cristalinamente las opiniones de los argumentos. La opinión es la moneda ínfima del pensamiento; no es más que afirmar una cosa. En cambio, un argumento implica que explicamos por qué la afirmamos, poniendo sobre la mesa las razones, buenas o malas, que nos conducen a nuestras conclusiones. Con eso se puede trabajar, cabe el contraste y la refutación, un diálogo inteligente; antes de eso solo hay cháchara, Likes, bovino asentimiento, o peor: zascas e improperios.

Es ley en este camino ser intelectualmente humilde. Para empezar, eso supone no hablar de lo que se desconoce. No quiere decir que haya que estar callado siempre, ni dejar de desarrollar posturas propias. Obliga, eso sí, a exponerlas a la crítica ajena, a cambiar de parecer al ser enfrentado a mejores argumentos y a rectificar si uno se equivoca, sea una o mil veces. Una conversación es una búsqueda cooperativa de la verdad. «Conversar es una buena idea» —decía Jorge Wagensberg— «porque, en general, no ignoramos lo mismo». La tarea queda fuera del alcance de los arrogantes, de quienes no escuchan ni se toman en serio al de enfrente. A nadie le importa, entre pensadores críticos, quién «tiene» la razón, no solo porque esa sea una pretensión imposible, sino porque intentar vencer dialogando es un comportamiento de niñatos.

La clave de bóveda del pensamiento crítico es el rigor, del que destacaría seis grandes aspectos. El primero es la facultad de dudar, esto es, no salir pitando, presos de la ansiedad, al llegar a esos sitios en los que descubrimos que no sabemos de algo. El segundo es una excelencia en el preguntar. Siguiente, una práctica de estudio sostenida en el tiempo; sin conocimientos, no hay crítica que no termine en pamplina. En cuarto lugar, ser riguroso es entender, como dice el médico y divulgador científico Ben Goldacre, que el plural de «anécdotas» no es «datos». Quinto, requiere destreza a la hora de localizar las fuentes de información fidedignas. Por último, hay que embarcarse en una guerra a muerte contra el prejuicio. El conjunto se resume fácilmente a sensu contrario: obsérvese lo que hace la mayoría de los tertulianos que a buen sueldo asuelan nuestras televisiones y hágase justamente lo opuesto.

El pensador crítico abraza también cierta ética basada en la defensa de la verdad en la vida propia y en el espacio civil compartido. Esta es su aspiración de justicia: que sean los mejores argumentos los que se impongan. Ser crítico es querer que triunfe la verdad en el mundo, y quererlo no de tuit y de barra de bar y de postureo, sino quererlo en el mundo de nuestras decisiones. A fin de cuentas, no lo puedes llamar «honestidad» hasta que no te ha costado el dinero o algún disgusto más serio. Por eso el pensamiento crítico no puede ser de quita y pon, un traje de fiesta; se es un pensador crítico, o sé es un bocazas, un pedante o ambas cosas. Buscar la verdad es una aventura llena de belleza y sobresaltos, pero solo funciona a alto nivel si además se asume como un deber (gozoso). Lo contrario de eso es la violencia, y por eso la calidad democrática, recientemente puesta de moda por los antidemócratas, depende de que en una sociedad abunden los pensadores críticos. En palabras de Karl Popper, conviene que se enfrenten los argumentos, para que no tengan que enfrentarse las personas.

«Donde tenemos razón no pueden crecer flores», escribió el poeta Yehuda Amijai. La verdad no se puede poseer, pero se la puede amar. No es fácil: hay muchas fuerzas que nos alejan de ella, tanto en nosotros mismos (miedo, magullada autoestima, pereza) como afuera (intereses, presiones, deseos). La tarea requiere valentía, pues no es raro descubrir en el empeño lo que no nos gusta e incluso lo que nos aterra. Cualquier idiota puede ser feliz pagando el precio de escoger la ignorancia, aunque esa es una felicidad arriesgada que con frecuencia produce daños colaterales. Lo cantaban Omara Portuondo y Chico Buarque: «Que no tiene gobierno ni nunca tendrá, que no tiene vergüenza ni nunca tendrá, lo que no tiene juicio». Lo cómodo es engañarse, dejarse engañar, inclusive. Pero lo honrado es buscar sin descanso lo que es cierto, cada cual con sus limitadas capacidades.

Finalmente, el pensamiento crítico incorpora cierto gusto, una estética. No se puede ser cocinero sin cierto paladar para la comida; no se puede pensar críticamente sin cierto paladar para los argumentos, sin que te hagan vibrar los pensamientos robustos y sin que te disgusten los endebles. Si no nos molestan los embusteros ni quienes, pudiendo saber, ignoran, si no nos asquean quienes además hacen gala de su desconocimiento, no estamos hechos para esto. Añádase a esa estética el necesario cuidado del lenguaje: pensamos esencialmente con palabras, y de la riqueza y profundidad de nuestro vocabulario dependen la profundidad y la riqueza de nuestro pensamiento.

Por supuesto, nada de lo anterior lo van a ver ni de lejos los adolescentes españoles, si es que al final y por desgracia la ley Celaá se aplica. La razón es muy sencilla: todo lo anterior lleva un tiempo, e incluso a un nivel básico, un considerable esfuerzo; como mínimo, una asignatura en el bachillerato. La ley solo repite —diez veces— que se fomentará dicho «espíritu», lo cual es señal inequívoca de que será, bueno, un proyecto fantasmal, etéreo, esto es, que en ningún caso se va a enseñar a pensar críticamente. Lo que vamos a ver es otra edición del camelo de la «transversalidad», esa otra genialidad demagógica que consiste en incluir un propósito cualquiera —tanto da— en la burocracia educacional para que adorne los programas sin que luego ocurra absolutamente nada.

El culmen del pensamiento crítico es la lucidez, esto es, la capacidad y el coraje de pensar por uno mismo, sin repetir consignas, o lo que es lo mismo, el decoro de tener ideas en vez de ideología. Consiste en cumplir el ideal opuesto al que el revolucionario Gueorgui Piatakov proponía: «Un verdadero bolchevique, si el Partido lo exige, está dispuesto a creer que el negro es blanco y el blanco es negro». La lucidez no da la felicidad, ni falta que hace; es un elemento de libertad y dignidad que conlleva elevar el nivel de exigencia con uno mismo, y de paso, con quienes nos gobiernan. Una ciudadanía adulta es una ciudadanía lúcida. A priori, no se me ocurre ningún gremio menos interesado en eso que nuestra actual clase política. A pesar de todo, leo de nuevo la ley, con sus diez salpicaduras de «fomento», y me pregunto si no estaré siendo demasiado duro y verdaderamente el gobierno quiere que abunde el pensamiento crítico entre los gobernados. Rebobino entonces —amar la verdad, humildad intelectual, rigor, conocimiento, ética— y solo consigo que una sonrisa se me hiele en las entrañas.

Foto: Casa de América.


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