Empezaré por confesar que nunca me he relacionado con la Guardia Civil para otra cosa que para recibir multas de tráfico que, por mi mala cabeza, han sido demasiadas, aunque, en mi humilde opinión, absolutamente estúpidas con la excepción de no más de media docena a lo largo de bastantes décadas. Pero tengo que reconocer dos cosas muy importantes, la primera que la estupidez de las multas no es cosa de la Guardia Civil, que se limita a cumplir la ley, sino de esa panda de mentecatos que dirigen, por decir algo, el tráfico y que tienen ocurrencias tan brillantes como la de poner en carteles colocados a varios metros sobre las carreteras tonterías como “Motorista te queremos de vuelta” que, como mucho, podrían servir para que un motero se desnuque por prestar atención a los piadosos sentimientos del merluzo que ha parido el aviso. La segunda salvedad, es que los guardias civiles siempre me han tratado con exquisito respeto y, si el caso lo permitía, hasta con cordialidad. Ellos cumplen con su deber y yo me aguanto.

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La investigación abierta en la Audiencia Nacional sobre la directora general de la Guardia Civil y un teniente general amenaza con destapar una maniobra de enorme gravedad: el presunto intento de interferir en pesquisas judiciales que afectan al entorno del poder. Un episodio que pone a prueba el honor de una institución cuya lealtad a la ley no puede quedar subordinada a intereses políticos

Mis simpatías hacia la benemérita debían ser escasas, pero no es así. Tengo la suficiente perspicacia para saber lo extraño que resulta en nuestra amada España que las cosas funcionen medianamente bien, y sé de lo que hablo porque he sido funcionario público durante décadas y les aseguro que si, por poner un ejemplo cualquiera, tuviésemos una universidad con una gobernanza y una ética la mitad de eficaz y ejemplar que la de estos guardias, tendríamos varias docenas de Premios Nobel de las más diversas materias en nuestras vitrinas, pero, por desgracia no es así y todavía estamos esperando a que algún español que trabaje en España sea capaz de heredar el testigo de don Santiago Ramón y Cajal que obtuvo su laurel en 1906, ayer mismo como quien dice. Tampoco le vayan a echar ustedes la culpa de todo a nuestros universitarios, no faltan profesores e investigadores que podrían haberlo merecido, pero el sistema burocrático entero y la miopía política universal se han encargado de enterrar la carrera académica de estos raritos bajo montones de legajos y controles estériles.

A lo que voy, la Guardia Civil es una institución ejemplar, querida y admirada de manera universal, salvo por quienes ya pueden imaginar, que viene siendo leal a España y al orden constitucional desde el muy lejano año de 1844 y haciendo admirable y constante homenaje a la recomendación de su fundador: «El honor es la principal divisa del guardia civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha». Pues bien tenemos que asistir con estupor a que un juez de la Audiencia Nacional haya decidido investigar a la actual directora general del cuerpo, una civil que no parece pensar que eso del honor le incumba también a ella, y a su brazo derecho militar, todo un teniente general, ante las fundadas acusaciones de que entre ambos han intentado cortocircuitar la investigación judicial que llevaban a cabo oficiales y agentes del cuerpo por orden judicial, naturalmente. Seguro que es casualidad que hayan dirigido estas maniobras deshonrosas a entorpecer investigaciones que afectan a familiares de Pedro Sánchez y a personas del partido de la directora general, que es el PSOE.

Que una militante socialista anteponga una fidelidad perruna y barriobajera a las siglas de su partido frente a sus obligaciones legales podría ser comprensible, aunque no disculpable, pero que un señor teniente general se haya visto envuelto en tamañas vergüenzas sin que se haya plantado, como era su obligación y le debiera haber dictado su sentido de la dignidad militar, ante la arbitrariedad de los mandos políticos es por completo insufrible y afecta por desgracia al honor compartido por los miles de guardias a sus inmediatas órdenes.

No es la primera vez que militantes del PSOE ostentan de manera muy poco digna la dirección general de la Guardia Civil, basta recordar las andanzas de Roldán, y tampoco es la primera vez que este gobierno trata de inmiscuirse en las investigaciones judiciales por temor, hay que reconocer que justificado, a que afecten a su fama. El ministro del Interior tropezó con el coronel Diego Pérez de los Cobos «por no informar del desarrollo de investigaciones y actuaciones en el marco operativo y de Policía Judicial con fines de conocimiento», o sea por cumplir con su deber. El coronel se jugó el ascenso al generalato, porque este ministro es muy suyo, pero dio una vez más buena muestra de lo que es el honor y de cómo se es digno de llevar con dignidad y decencia un uniforme.

Esta vez el ministro y su directora general no han podido salirse con la suya porque los jueces han tomado cartas en el asunto, otros que han cumplido con su deber, y ello nos va a permitir asistir a un nuevo y edificante espectáculo en las salas de interrogatorio. Les adelanto que oiremos profundas explicaciones semánticas sobre las diferencias entre reunirse y tomar unos cafés y lindezas similares, pero a nada que el juez decida dejarse de mojigaterías es seguro que asistiremos a cosas hasta ahora nunca vistas.

La directora general se ha prestado a reunirse, fuera de su despacho para no dejar registro, de manera harto sospechosa con un personaje de novela, mala por supuesto, que, al parecer, estaba urdiendo métodos eficaces para conseguir que descarrilen los procesos que tanto molestan a quien todos sabemos. Normal, visto lo visto, pero lo del teniente general que se ha prestado a permitir que subordinados suyos hayan sido atemorizados mediante maniobras insidiosas, basadas en falsas acusaciones, amenazas de expedientes y formas de atentar contra la recta conciencia de los investigadores es una de esas vilezas que desmerecen absolutamente de su condición castrense. Es de esperar que, como oficial militar que es, recupere la vergüenza y el sentido del honor y tenga el valor de marcharse a su casa cuanto antes, si es que el juez no considera que merezca otro destino. En fin, que pese a este bochornoso episodio, ¡Viva la Guardia Civil!

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web